CRISTO COMO HIJO DE DIOS:

MATEO 3:17: “Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.”

Muchos todavía no han logrado comprender el origen de Cristo. Para muchos solo era un buen hombre, para otros un gran médico, otros un gran maestro. Pero el Nuevo Testamento lo presenta como el hijo de Dios.

¿Qué dijo EL de sí mismo?: veamos Mateo 26:63-64: “Mas Jesús callaba. Entonces el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios. Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.” El bajo juramento lo confirmo, no debe de quedar dudas. EL ES EL CIRSTO, EL HIJO DE DIOS. Ya que el recurso de testigos falsos no funcionó, “el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios” (v. 63). Este era el punto central de todas las controversias que habían tenido con Jesús durante su ministerio; el argumento fundamental para basar la sentencia de muerte. En este caso Jesús no calla sino que contesta. El sumo sacerdote, actuando como tal, le hace una pregunta sobre una cuestión religiosa, algo muy diferente que el grupo de mentirosos que trataba de dañarlo con falso testimonio. La respuesta de Jesús fue: “Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (v. 64). Así anuncia su triunfo rotundo como Hijo de Dios que era lo que ellos se negaban a aceptar. Tomaron esa confesión como una blasfemia, y en tal blasfemia asentaron la sentencia. Parecía que Caifás había conseguido lo que buscaba y que Jesús había testificado contra sí mismo hasta tal punto que lo considerarían digno de muerte (el Sanedrín, por blasfemia; los romanos, por hacerse rey). El sumo sacerdote, entonces, rasgó sus vestidos, algo que no debía hacer sino en casos muy extremos—y la blasfemia era una de tales excepciones. Pero desde el punto de vista legal Jesús no había blasfemado ya que según la ley la blasfemia tenía que ver con el sagrado nombre de Dios. Sin embargo, el tribunal no buscaba justicia sino el veredicto de culpable, y una vez que se había establecido la blasfemia, no había dudas en cuanto a la sentencia.

¿Qué dijo el Padre de EL?: Veamos Mateo 3:17: “Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” También veamos Mateo 17:5: “Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.” Dos veces lo declaro el Padre. “Tú eres”—mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento—En el texto griego el verbo está en el tiempo aoristo para expresar complacencia absoluta, y significa que Dios se había complacido y se seguiría complaciendo en él. “En el cual me deleito”, se aproxima quizá más a aquella inefable complacencia a la cual sin duda se hace referencia; y esta interpretación es la que se debe preferir, pues conduce de inmediato nuestros pensamientos hacia la augusta profecía mesiánica a la cual claramente aludía la voz del cielo (Isaías 42:1): “He aquí mi siervo, yo le sostendré ; mi escogido, en quien mi alma toma contentamiento”.

¿Qué probo su resurrección?: Veamos Romanos 1:4: “que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos,” La resurrección lo declaró Hijo de Dios porque hizo válidas sus pretensiones de divinidad y sus predicciones de que se levantaría de entre los muertos (Juan 2:18–22; Mateo 16:21).

¿Qué testifico Pedro?: Veamos Mateo 16:16-17: “Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” La declaración de Pedro que Jesús es “el Hijo del Dios vivo” no puede significar otra cosa sino que en un sentido único, en un sentido no aplicable a mortal alguno, Jesús es, era y siempre será el Hijo de ese Dios que no solamente es El mismo el único Dios vivo, en contraste con todos los falsos dioses de los paganos, sino también es la única fuente de vida para todo aquel que vive. Por eso Jesús lo alabo.

¿Qué anuncio Pablo en Damasco?: Veamos Hechos 9:20: “En seguida predicaba a Cristo en las sinagogas, diciendo que éste era el Hijo de Dios”. Con este mensaje Pablo empezó a predicar. La primera cosa que Saulo aprendió en su experiencia del camino a Damasco fue saber quién es Jesús. Pablo no se desanimaba por el escepticismo de ellos. El celo, la energía y el talento que había utilizado antes para destruir la iglesia ahora iban a ser usados al servicio del Señor de la iglesia. Saulo se sentía cada vez más confiado y más convencido de su predicación. Demostró que Jesús es el Cristo, al comparar las Escrituras de los judíos con los hechos de la historia de Jesús. Pero no se nos dice si algunos creyentes se agregaron a la iglesia de entre los judíos que escucharon a Saulo; estaban confundidos, consternados, porque no podían desmentir lo que Pablo decía. Pero aun así, no creyeron.

¿Qué vieron los demonios en Jesús?: Veamos Marcos 3:11: “Y los espíritus inmundos, al verle, se postraban delante de él, y daban voces, diciendo: Tú eres el Hijo de Dios.” Al tener encuentro con Jesús, los espíritus inmundos siempre reconocían la realidad de la persona de Jesucristo y lo confesaban. Sabían y confesaban lo que los endurecidos de corazón (v. 5) rehusaban hacer. Por saber quién era Jesús, los demonios sabían que él podía echarles fuera de su lugar de confort en los cuerpos humanos, para entrar en su propio lugar de tormento (2 Pedro 2:4). Se postraban delante de Jesús como acto de homenaje, reconociendo que Jesús era Dios. (¡O que el hombre incrédulo reconociera el poder de Jesús de Nazaret!).

¿Al verle caminar sobre el agua que pensaron los apóstoles de EL?: Veamos Mateo 14:33: “Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.” Ese milagro les demostró a ellos su divinidad y por eso le adoraron.

¿Al final cuantas personas reconocerán su divinidad?: Veamos Filipenses 2:9-11: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.” Todos los seres creados le darán honor: todos los ángeles y hombres, buenos y malos. Pablo no quiere decir que todos éstos serán salvos por confesarle, porque la confesión de la mayoría de los hombres será hecha demasiado tarde para salvarse, porque será hecha en el día final. La confesión que salva es la que se hace durante la vida y es la expresión de un deseo de obedecerle y ser salvo de los pecados. Procede de un corazón que cree (Romanos 10:9,10). La confesión de este texto (Filipenses 2:11) indica que tarde o temprano todo ser — celestial, terrenal y aun «de lo infernal» — reconocerá y confesará a Cristo como Señor, como Rey de reyes. Verdaderamente Él es el Gobernador y el Juez del universo, y esto por el decreto de Dios Padre y para su gloria.

EL es el hijo de Dios y merece nuestro amor, nuestra fidelidad y nuestra adoración.

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