No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos:

 Por: David Flatt

Reflexionando en la advertencia de Jesús en Mateo 7:21-23, David discute esta relación a menudo mal entendida entre las buenas obras y hacer la voluntad del Padre.
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.” (Mat.7:21-23).
Jesús vino a este mundo para ofrecerles a todos la oportunidad de salvación. Numerosos pasajes indican Su deseo de salvar a toda la humanidad, no solo a la nación de Israel. Considera lo siguiente: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.” (Juan 3:16-17).
“Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí.” (Juan 6:44-45).
“Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.” (Juan 12:31-32).
En esta sección del Sermón del Monte, Jesús hace un reconocimiento esencial: aunque Él quiere traer a todos al reino, no todos entraran al reino. Esto levante una pregunta interesante: Si Jesús quiere salvar a todos, ¿Por qué dice que no todos entraran al reino?
En este pasaje, Jesús anticipa el futuro y el juicio final. Habrá personas que protestaran su caso ante Él en shock y horror. Ellos no entenderán porque no se les es dada la entrada al reino. Después de todo, habrán hecho mucho en el nombre de Jesús. Si esto es cierto, ¿Por qué les negara la entrada? La respuesta es simple: ellos no hicieron la voluntad del Padre.
La voluntad del Padre.
Jesús a menudo describió el trabajo que hizo al ser una extensión de la voluntad de Su Padre. Como la relación entre padre e hijo, Dios mando a Jesús en este trabajo y Jesús obedeció. En una ocasión, Jesús comparo Su relación con Dios como a un aprendiz, “De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis.” (Juan 5:19-20). Jesús ejecuto la voluntad de Su Padre con precisión. Las mismas palabras que hablo vinieron del Padre: “Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar.” (Juan 12:49). Jesús no actuó por Su cuenta; más bien, Él actuó en nombre de Su Padre.
Jesús fue completamente obediente. Al final de Su vida, Jesús estaba satisfecho de haber terminado el trabajo que Su Padre le dio que hiciera. Jesús oro, “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese.” (Juan 17:4). Luchando con la ansiedad de la cruz, Jesús oro para que la voluntad de Su Padre fuera cumplida: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” (Luc.22:42). Aunque Jesús deseaba evitar los horrores de la cruz, Él estaba determinado a hacer la voluntad de Su Padre. Al final, Jesús cumplió todo lo que Él Padre le pidió que hiciera. Sus palabras al morir fueron, “Consumado es” (Juan 19:30).
La relación que Jesús tenía con Su Padre era uno de servicio y obediencia. Un escritor de los Hebreos dijo, “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen;” (Heb.5:8-9). El entendimiento de esta relación es crítica para nosotros en aprender cómo debemos tener una relación con el Padre. Jesús obedeció al Padre; por lo tanto, debemos obedecerlos.
¿Son las buenas obras un sustituto de la obediencia?
Aquellos a los que Jesús describe en este texto presentaron muchos trabajos maravillosos en Su nombre. Con toda probabilidad, estas personas quizás fueron buenos esposos y esposas, buenos hijos e hijas, buenos vecinos y buenos ciudadanos en sus comunidades. Ellos quizás poseían en medida un entendimiento espiritual y responsabilidad cívica. Ellos se consideraban a ellos mismos buenas personas. Pensaban que no tenían nada que temer en la muerte. Pensaban que estaban salvos. Sin embargo, estaban equivocados.
Las personas de este texto pueden también describir a las personas que conocemos. Hoy en día, la abrumadora mayoría de los americanos se identifican a ellos mismos como cristianos. Ellos trabajan y se sacrifican para cuidar de sus familias. Ellos están activamente involucrados en sus comunidades. Ellos ayudan a sus vecinos. Cuando mueran, sus obituarios catalogaran sus buenas obras y se leerá, “se fue con el Señor”.
Si, hemos sido creados para hacer buenas obras (Efe.2:10). Sin embargo, nuestras “buenas obras” no pueden sustituir la obediencia a la voluntad del Padre. Las buenas obras son una extensión de la obediencia al Padre. Nuestra relación con el Padre está basada en la obediencia a Su voluntad. Las personas que Jesús describe quizás hicieron “buenas obras” pero no hicieron la voluntad del Padre.
La importancia de la obediencia se refleja a través de la historia de Israel. El rey Saúl se le fue ordenado que destruyera la ciudad y a la gente de Amalec. En lugar de eso, Saúl salvo los tesoros de la ciudad y al rey. Al igual que estos que Jesús describió en Su sermón, la desobediencia de Saúl le consto el reino. El profeta Samuel declara, “¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros.” (1 Sam.15:22). El sacrificio era importante, pero la obediencia tenía que venir antes del sacrificio. El sacrificio era una extensión de la obediencia, no un sustituto. Este principio es reiterado a través del Antiguo Testamento: “El sacrificio de los impíos es abominación a Jehová; Mas la oración de los rectos es su gozo. Abominación es a Jehová el camino del impío; Mas él ama al que sigue justicia.” (Prov.15:8-9).
“Todo camino del hombre es recto en su propia opinión; Pero Jehová pesa los corazones. Hacer justicia y juicio es a Jehová Más agradable que sacrificio.” (Prov.21:2-3).
“Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos.” (Oseas 6:6).
Las buenas obras nunca han sido un sustituto para la obediencia. Este punto fue hecho anteriormente en el Sermón del Monte. Jesús describe los problemas que podrían tener entre hermanos. Si un problema se levantaba entre hermanos, ellos no debían traer su ofrenda al Señor. Más bien, debían reconciliarse primero uno con el otro, y después traer sus sacrificios al altar (Mat. 5:21-26). La reconciliación es difícil. A veces tratamos de sustituir una gran devoción en adoración en lugar de la reconciliación. Quizás incluso nos volvemos más caritativos hacia aquellos en necesidad con la esperanza de expiar el daño que hemos causado a alguien más. Las obras maravillosas no son sustitutas de la reconciliación. No hay sustituto para la reconciliación porque la reconciliación es la voluntad del Padre.
Hay quienes piensan que serán parte del reino eterno solo por las buenas obras que hicieron. Han sido engañados a creer que pueden ser salvos simplemente por sus obras. Esto es lo que la salvación por obras pareciera en práctica. Muchas personas hoy en día desprecian la voluntad del Padre y tratan de ganar la salvación haciendo obras maravillosas.
Pablo escribió, “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efe.2:8-9). La gracia de Dios nos salva cuando está acompañada de fe, pero, ¿Fe en qué? La fe en la voluntad del Padre, que solo puede ser evidenciada por obediencia en la voluntad del Padre.
Por ejemplo, Jesús tenía fe en la voluntad del Padre. Jesús creyó que la salvación seria ofrecida al mundo a través de Su muerte en la cruz y la resurrección; por lo tanto, Jesús dio Su vida confiando en que Dios lo levantaría de la muerte. Esto es lo que Dios nos pide que hagamos. Dios quiere que le confiemos nuestra vida. Al hacerlo, Él ha prometido levantarnos de la muerte.
Haciendo la voluntad del Padre.
Claramente, en el texto de arriba, Jesús describe una escena muy triste. Ninguno de nosotros queremos escuchar a Dios decir, “nunca os conocí”. Si queremos evitar escuchar esas palabras, debemos proponernos en nuestros corazones hacer la voluntad del Padre.
El Sermón del Monte seria indudablemente un lugar apropiado para empezar a aprender cual es la voluntad del Padre para nosotros. Primero, Jesús quiere que reconozcamos nuestra necesidad de la voluntad del Padre en nuestras vidas. Solo los pobres en espíritu hacen este reconocimiento tan fundamental (Mat.5:3). Segundo, el Padre quiere que nuestra justicia sea mayor que la de los fariseos al ser propiamente motivados por el amor a Él y nuestro prójimo (Mat.5:20:48). Tercero, el Padre quiere que derrumbemos las paredes de la auto-justicia, el materialismo y la ansiedad que nos aleja de Él y del reino (Mat.6). Cuarto, el Padre quiere que manifestemos amor y humildad en nuestro trato a los demás. A través del amor propio, podemos reflejar la gloria del Padre en el mundo y crecer en Su reino (Mat.7:1-12).
Conclusión.
La voluntad del Padre no es secreta. Nuestro Padre Celestial ha expresado Su voluntad a través de Su Hijo, Jesús el Mesías. El escritor de los Hebreos dijo, “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo;” (Heb.1:1-2).
Además de enseñar la voluntad del Padre, Jesús confió Su mensaje a los apóstoles. Al enviar al Espíritu Santo, los apóstoles eran guiados de forma divina en el entendimiento y comunicación de la voluntad del Padre para la humanidad (Juan 17:11-19). El apóstol Pablo escribió, “que por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo,” (Efe.3:3-4). Por lo tanto, debemos leer las Escrituras para aprender la voluntad del Padre.
Muchas personas no conocen la voluntad de Dios. Ellos confían en lo que alguien más les ha dicho, en lugar de investigar las Escrituras por ellos mismos. Ellos confían en sus habilidades para ganar la salvación a través de sus muchas magnificas obras. Jesús está advirtiendo en contra de los peligros de estos enfoques al venir al reino.
La voluntad del Padre es entendible y accesible. Jesús quiere que el propósito de nuestros corazones sea aprender y someternos a la voluntad de Dios. Antes en el sermón, Jesús les urge a Sus discípulos a pedir, buscar y llamar (Mat.7:7-8). Gracias a los que Dios ha rebelado a través de Jesús, el Espíritu y los apóstoles, podemos aprender e implementar la voluntad del Padre en nuestras vidas. Al hacerlo, nos volvemos Sus hijos y somos bienvenidos en el reino de Su eterno Hijo (Col.1:13).

Traducido por: Eula Vasquez.

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