EL SERMÓN DEL MONTE: PERROS, CERDOS Y PERLAS

Por: David Flatt.

En la continuación de su estudio del Sermon del Monte, David examina el “extraño dicho” de Jesús en cuanto a los perros, cerdos y perlas, proveyendo una guía para una apropiada aplicación.

Introducción.

No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.” (Mat. 7:6).

Jesús inicia el último tercio del Sermon del Monte advirtiendo en contra de ejercer el juicio sin misericordia (Mat. 7:1-5). Se acerca al punto en donde nos ordenara tratar a los demás como nos gustaría ser tratados (Mat. 7:12). En el medio de estos dos, Jesús nos enseña a no dar lo santo a los perros o arrojar nuestras perlas delante de los cerdos.

¡Qué extraña e inusual expresión! ¿Cómo encaja esta aparente dura afirmación entre dichos de justicia y amor? Algunos piensan erróneamente de Jesús como alguien apacible. Nada podría estar más alejado de la realidad. Jesús era sabio y realista hacia el mundo en que vivía. Aunque  amo al mundo, Jesús entendió que no todos en el mundo lo amarían. Por lo tanto, sabía que no todos amarían a Sus discípulos o al mensaje en que ellos vivirían y enseñarían.

Por ejemplo, no mucho tiempo después de este sermón, Jesús envió a los apóstoles predicar el evangelio del reino por todo Israel. Él dijo: “Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis. Y al entrar en la casa, saludadla. Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; más si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros. Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies.” (Mat. 10:11-14).

¿Cómo sabrían los apóstoles quien era digno y quien no en una ciudad? ¿Sabrían ellos por la forma en que las personas se dirigieran a ellos? ¿Percibirían esto por algún acento en su discurso? ¿Lo sabrían por el tipo de casa en donde vivían? ¿Lo sabrían por el tipo de profesión que practicaran? ¿Cargarían con algún tipo de lista preconcebida para aplicar en las ciudades determinadas quien era digno del evangelio? No. Todos estos tipos de criterio son superficiales. Tomas determinaciones de acuerdo a criterios superficiales es perjudicial.

El prejuicio es definido como “una opinión o sentimiento desfavorable formada de antemano sin conocimiento, pensamiento o razón; irracionales sentimientos, opiniones o actitudes, especialmente de naturaleza hostil, en cuanto a un grupo étnico, racial, social o religioso”. Levantar un falso sentido de superioridad o prejuicio, produce odio, y guía hacia la división.

Los apóstoles determinarían quien era digno y no digno por la reacción del individuo hacia la predicación. Jesús no les dijo a los apóstoles a que fueran a la ciudad y que si las personas se veían como potenciales ciudadanos del reino, les predicaran. Más bien, ellos debían enseñarles antes de formar un juicio: “Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies.” (Mat.10:14).

Si no somos cuidadosos, puede que evidenciemos prejuicios en nuestras enseñanzas. ¿Alguna vez has visto a alguna persona o un grupo de personas y decidido que, sin siquiera pronunciar una palabra, ellos nunca obedecerían el evangelio? Si somos honestos con nosotros mismos, debemos admitir que lo hemos hecho en algún punto. Si alguna vez has tomado esa resolución basado en cómo se veía la persona, como vivía o de acuerdo al desastre que eran sus vidas, ¿Cómo justificas tu determinación perjudicial? En algún lugar en tu proceso de deliberación, quizás pensaste en este dicho de Jesús. Pensaste, “Ellos nunca se interesarían en el evangelio. Después de todo, el Señor dijo, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos”. Aunque sea muy difícil de reconocer, esta línea de razonamiento perjudicial es común.

La Biblia condena el prejuicio.

Lo que sea que Jesús quiso decir con esta enseñanza, Él no está permitiendo el prejuicio. El prejuicio es condenado en toda la Biblia. Primero, consideremos la simple instrucción a Israel en cuanto a su trato con los extranjeros: “Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto. Yo Jehová vuestro Dios.” (Lev. 19:34)

Este pasaje suena como como si fuere tomado del Sermon del Monte. Los Israelitas debían tratar a los extranjeros con amor. Como Dios indicaba, los extranjeros eran vecinos. Por lo tanto, los Israelitas debían amarlos así como se amaban ellos mismos. Tratar a los extranjeros como a “otros” o “menos que otros” era una violación inaceptable del fundamento de la ley: amor. Este es un mensaje oportuno para nuestra sociedad.

Segundo, notemos el trato de Jesús a los samaritanos. El odio étnico entre judíos y samaritanos databa de siglos atrás al tiempo de la cautividad de Israel por los Babilonios. A pesar del prejuicio, Jesús fue a los samaritanos (Juan 4). Después, los samaritanos no quisieron que Jesús y los apóstoles pasaran la noche en su ciudad. Jacobo y Juan querían que lloviera fuego del cielo sobre ellos; Jesús deseaba su salvación (Luc. 9:52-56). Él no cayó en el prejuicio racial de Sus días. Tampoco nosotros debemos.

Tercero, consideremos que el evangelio fue ofrecido a los gentiles. Después que el Señor revelo a Pedro que los gentiles no debían ser vistos como inmundos, el predico el evangelio en la casa de Cornelio. Al comenzar su sermón, Pedro declaro, “En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia.” (Hech. 10:34-35).

Luego, Pedro continuo luchando con la implicación de la parcialidad de Dios, apegándose al prejuicio que lo guio a la hipocresía. Pablo reprendió su prejuicio e hipocresía muy justamente, (Gal. 2:11-21). El ejemplo de Pedro demuestra que nada bueno viene del prejuicio. Tal modo de ver está en contra de la voluntad de Dios para la humanidad.

En resumen, la Biblia condena el prejuicio por la simple razón de que Dios quiere que todos seamos salvos (2 Ped. 3:9). El evangelio es para todos (Rom. 1:16-17). Dios ama a todos en la familia del hombre y quiere que todos se vuelvan parte de Su familia. El deseo de Dios de traer a la humanidad a Su familia es hecha posible a través de la cruz de Jesús. Solo la cruz de Jesús puede ofrecer paz en donde hemos construido barreras (Efe. 2:11-22). La redención que Dios ofrece a través de Jesús es sobre unir a la humanidad. La cruz debe moldear la forma en que vemos a las personas que son diferentes a nosotros. Mientras veamos el mundo a través de prejuicios construidos, impediremos al evangelio en nuestras vidas y en las vidas de otros. Si el prejuicio no es transformado con amor redentivo, un día nos encontraremos fuera del reino de Dios.

Así que, ¿Cuál es la enseñanza de Jesús?

Si Él no está permitiendo el prejuicio, ¿Qué está enseñando? Jesús nos instruye a ser sabios como serpientes hacia la realidad de las personas rechazando el evangelio. Aunque el evangelio es para todos, no todos quieren el evangelio. Tan valioso y precioso como es el evangelio, algunos reaccionaran con ingratitud, odio e incluso violencia hacia aquellos que predican su mensaje.

En la cultura judía, los perros y los cerdos eran símbolos de insensatez, perversidad y depravación moral. Irvin Himmel escribió, “Jesús menciona a los perros y a los cerdos para ilustrar el pensamiento de que algunas personas eran viles y perversas. Como los perros, algunos hombres gruñen, muerden y devoran. Ellos están sucios moralmente y son dados a la brutalidad. Como los cerdos que se revuelcan en el lodo, ellos se revuelcan en el pecado y se alimentan de basura. No teniendo deseos de escapar del pecado, ellos “lloraran” a cualquiera que haga el intento de ayudarlos

Tristemente, algunos están tan hundidos en el pecado que están lejos de cualquier ayuda. Por ejemplo, Pablo describe a los idolatras que les fue dado malos pensamientos y corazones oscuros (Rom 1:21). Ellos trabajaban activamente en suprimir la verdad. Mientras progresaban en su idolatría, se fueron más y más a la deriva lejos de Dios. Al tiempo, fueron renunciados por Dios. Ellos estaban tan llenos de odio por el pecado que el conocimiento de su futura destrucción no les afecto (Rom. 1:32). Estos son los perros y los cerdos del Sermon del Monte.

Si, tales personas necesitan el evangelio, pero ellos no lo quieren. Muy seguido, ellos atentaran con dañar a aquellos que enseñan el evangelio. Jesús advirtió a los apóstoles de la persecución que enfrentarían en respuesta al mensaje del evangelio (Mat.10). Los apóstoles y otros discípulos experimentaron una oposición violenta a su proclamación de la verdad. Pedro y Juan fueron arrestados. Esteban fue apedreado a muerte. Los cristianos fueron expulsados de Jerusalén. Jacobo fue asesinado. Por muchos años, Pablo fue seguido por grupos de maestros judaizantes que atentaban con desacreditarlo. El apóstol inspirado los describió como perros (Fil. 3:2). Si, la hostilidad hacia el evangelio y aquellos que lo predican es una realidad que debemos reconocer sabiamente.

Reaccionando a los perros y a los cerdos.

¿Cómo reaccionar a los perros y a los cerdos? ¿Qué debemos hacer cuando alguien reacciona con oposición hostil hacia nosotros y nuestro mensaje? Quizás seamos tentados a reaccionar con orgullo. Quizás tratemos de comprometer a la persona al ganar un argumento y/o humillarlos. Jesús advirtió en contra de comprometerse con alguien que es hostil hacia el evangelio. Los siervos del Señor no deben nunca llenarse de contención al discutir meramente por el deseo de discutir (2 Tim. 2:24-26).

Hay un peligro en verse envuelto con perros y cerdos. Podemos ensuciarnos o ser mordidos. Podemos ser atacados. Tales individuos pueden lastimarnos físicamente o emocionalmente e incluso espiritualmente. Salomón advirtió sobre el peligro que el hombre malvado puede traer a la reputación de un hombre con buena reputación. El escribió, “El que corrige al escarnecedor, se acarrea afrenta; El que reprende al impío, se atrae mancha. No reprendas al escarnecedor, para que no te aborrezca; Corrige al sabio, y te amará.” (Prov. 9:7-8). Jesús nos instruye como podemos protegernos a nosotros mismos.

El apóstol Pablo practico esta enseñanza en su trabajo. En Antioquia de Pisidia, Pablo y Bernabé se les fue dada la oportunidad de predicar el evangelio en la sinagoga local (Hech. 13). El sermón de Pablo levanto gran interés entre los judíos. En la semana que siguió, había mucha discusión en cuanto a Jesús de Nazaret siendo el Mesías. El siguiente sábado, la mayoría de la ciudad se reunió para escuchar a Pablo predicar, pero algunos de los judíos comenzaron a discutir con ellos, “El siguiente día de reposo se juntó casi toda la ciudad para oír la palabra de Dios. Pero viendo los judíos la muchedumbre, se llenaron de celos, y rebatían lo que Pablo decía, contradiciendo y blasfemando.” (Hech. 13:44-45).

En lugar de tratar de discutir con ellos o pelear con la oposición, Pablo y Bernabé dejaron la ciudad, “Entonces Pablo y Bernabé, hablando con denuedo, dijeron: A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles.”… “Pero los judíos instigaron a mujeres piadosas y distinguidas, y a los principales de la ciudad, y levantaron persecución contra Pablo y Bernabé, y los expulsaron de sus límites. Ellos entonces, sacudiendo contra ellos el polvo de sus pies, llegaron a Iconio.” (Hech. 13:46, 50-51).

Pablo y Bernabé habían pasado una semana predicando y enseñando en esta ciudad. Las personas tuvieron tiempo y oportunidad de preguntar y buscar un claro entendimiento del evangelio. Evidentemente, algunos de ellos habían aclarado sus mentes sobre los mensajeros y el mensaje. Algunos buscaron lastimar a Pablo y Bernabé. En lo que a Pablo y Bernabé respectaba, no había una buena razón  para reñir con la oposición. Después de ser sacados fuera de la ciudad, no trataron de volver para aclarar o molestar a ninguno. En lugar de eso, ellos sabiamente determinaron buscar por mejores oportunidades entre los gentiles.

Conclusión.

Sí, no dar lo que es santo a los perros y no arrojar perlas a los cerdos es un extraño e inusual dicho de Jesús. Si no tenemos cuidado, podemos malinterpretar este mandamiento, y usarlo para justificar el prejuicio. El prejuicio no tiene lugar en el reino de Dios o en los corazones de los ciudadanos del reino. Si hemos usado este principio como justificación para retener el evangelio para un individuo o algún grupo, nos equivocamos y el arrepentimiento está a la orden.

Nuestro Creador en un Dios sabio. Por lo tanto, como Su pueblo, debemos buscar sabiduría. La sabiduría demostrada a través del discernimiento en el uso del evangelio, nuestro tiempo y habilidades. Aunque no siempre sea fácil, no debemos gastar los preciosos regalos que Dios nos ha dado con personas que han probado no tener aspiraciones para la santidad.

En lugar de eso, debemos buscar por personas que sean como lo que Jesús describió antes en este sermón. Necesitamos buscar por los pobres en espíritu, los que lloran, los mansos etc., debemos encontrarlos, debemos invertir nuestro tiempo y energía en su salvación. Después de todo, Jesús quiere enriquecer las vidas de los pobres y corazones rotos con perlas. Si arrojamos perlas a aquellos con un espíritu empobrecido, desesperado y roto, podremos darnos cuenta que ellos lo arrebataran y lo llevaran a sus corazones.

Traducido por: Eula Vasquez.