Saulo oye el evangelio

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Este mensaje es parte de la serie «Casos de conversión». En el mensaje anterior vimos cómo el etíope oyó el evangelio en un camino desierto. Ahora el Señor sale al encuentro de su perseguidor en el camino a Damasco.

«Señor, ¿qué quieres que yo haga?»

Imagine a un hombre que conduce de noche, seguro de ir por la carretera correcta. Va rápido, va confiado y no piensa detenerse. Solo hay un problema: va en sentido contrario. Su sinceridad no lo acerca a su destino; cada kilómetro lo aleja más.

Se puede ser sincero y estar sinceramente equivocado. Hay personas que, por ignorancia, se oponen a la voluntad de Dios creyendo que le sirven. Sin saberlo, están peleando contra Dios mismo.

Pero Dios, en su misericordia, da oportunidad a toda persona para que se arrepienta. Hoy veremos el caso más notable de la Biblia: Saulo de Tarso. Y veremos la pregunta que cambió su vida, una pregunta que cada uno de nosotros debe hacerse: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?»

1. Un hombre sincero, pero equivocado (vv. 1-2)

«Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén».Hechos 9:1-2

Saulo no era un hombre indiferente ni inmoral. Sentía un celo ardiente por Dios y por la ley de Moisés. Pero, como él mismo diría después de sus compatriotas, era un celo «no conforme a ciencia» (Romanos 10:2).

Cuando vio surgir a los discípulos de Jesús, los consideró una secta que había que eliminar. Creyó que era su deber combatirlos (Hechos 26:9-11). Los encarceló, los forzó a blasfemar y los persiguió hasta las ciudades extranjeras.

Los primeros cristianos conocieron en carne propia lo que es sufrir por servir a Dios. La persecución los dispersó de Jerusalén (Hechos 8:1-4). A Saulo no le bastó que huyeran: pidió cartas para ir a buscarlos a Damasco y traerlos presos.

Lo que Saulo no sabía era que el antiguo pacto había cumplido su propósito (Hebreos 8:13; Colosenses 2:14). Aquellos discípulos eran ahora el pueblo de Dios. Al perseguirlos, estaba luchando contra Dios, y nadie puede vencer en esa lucha.

Años después, el mismo Pablo lo reconoció: lo hizo «por ignorancia, en incredulidad» (1 Timoteo 1:13).

Aplicación: La sinceridad no basta. Uno puede ser religioso, celoso y disciplinado, y aun así estar equivocado. La pregunta no es «¿soy sincero?», sino «¿estoy haciendo lo que el Señor quiere?».

2. El encuentro que lo cambió todo (vv. 3-9)

«Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, mas sin ver a nadie. Entonces Saulo se levantó de tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano, le metieron en Damasco, donde estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió».Hechos 9:3-9

En el camino, todo cambió. El Señor, que buscó al eunuco etíope en un camino desierto (Hechos 8:26-39), busca ahora a su perseguidor en el camino a Damasco. Pablo mismo relató después este encuentro dos veces más (Hechos 22:6-11; 26:12-18). Tres verdades sobresalen:

  1. El Señor lo conoce por nombre. «Saulo, Saulo». Dios no trata con multitudes anónimas; llama a cada persona por su nombre. También conoce el suyo.
  2. Perseguir a la iglesia es perseguir a Cristo. Jesús no pregunta «¿por qué persigues a mis discípulos?», sino «¿por qué me persigues?». La iglesia es su cuerpo (Efesios 1:22-23; Colosenses 1:18). Lo que se hace contra los hermanos, se hace contra Él (Mateo 25:40). Así de importante es la iglesia para Cristo.
  3. Saulo se rinde. No discute, no se justifica, no culpa a los sacerdotes que lo enviaron. Pregunta: «¿Qué haré, Señor?» (Hechos 22:10). Esa es la marca del arrepentimiento genuino.

Muchas personas no llegan a ese punto. Cuando ven su pecado, buscan excusas o culpan a otros. Saulo hizo lo más sabio que puede hacer un ser humano: humillarse y ponerse a las órdenes del Señor.

Note la respuesta: «Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer». El Señor no le dijo allí mismo qué hacer. Lo envió a esperar a un mensajero humano.

Sus compañeros oyeron el sonido de la voz, pero no entendieron lo que decía ni vieron a nadie (Hechos 9:7; 22:9). Saulo se levantó ciego. El hombre que venía a llevarse presos a otros entró en Damasco llevado de la mano. Pasó tres días sin ver, sin comer y sin beber.

Una nota sobre el texto: las palabras «Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga?» (v. 6) aparecen en la Reina-Valera 1960, pero no en los manuscritos más antiguos, por lo que otras versiones las omiten. Sin embargo, la misma pregunta está registrada sin ninguna duda en el relato del propio Pablo: «¿Qué haré, Señor?» (Hechos 22:10).

Aplicación: El orgullo pregunta «¿por qué a mí?». La fe pregunta «¿qué quieres que yo haga?». ¿Cuál de las dos preguntas le hace usted a Dios?

3. Ananías: Dios ve lo que nosotros no vemos (vv. 10-16)

«Había entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor dijo en visión: Ananías. Y él respondió: Heme aquí, Señor. Y el Señor le dijo: Levántate, y ve a la calle que se llama Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo, de Tarso; porque he aquí, él ora, y ha visto en visión a un varón llamado Ananías, que entra y le pone las manos encima para que recobre la vista. Entonces Ananías respondió: Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén; y aun aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre. El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es este, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre».Hechos 9:10-16

El Señor escoge a un discípulo de Damasco para llevarle el mensaje a Saulo. No se nos dice que Ananías fuera apóstol ni predicador conocido; era simplemente «un discípulo». Dios usa a hermanos comunes para tareas extraordinarias.

Ananías responde con temor. Le recuerda al Señor el historial de aquel hombre: cuánto mal había hecho en Jerusalén y con qué autoridad venía a Damasco. No es una negativa rotunda, pero sí una desconfianza muy humana.

La respuesta del Señor es preciosa: «Ve, porque instrumento escogido me es este». Ananías veía a un perseguidor. El Señor veía al apóstol de los gentiles.

Nosotros juzgamos a las personas por su pasado. El Señor mira lo que pueden llegar a ser en sus manos.

Observe también que el llamado tenía un costo: «yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre» (v. 16). El perseguidor sería perseguido. Pablo lo vivió en azotes, cárceles, naufragios y peligros (2 Corintios 11:23-28), y nunca se arrepintió de haber obedecido.

Aplicación: ¿A quién hemos dejado de hablarle del evangelio porque «esa persona nunca va a cambiar»? Tal vez el vecino difícil, el familiar burlón o el compañero de vida desordenada. Nuestro deber es sembrar la semilla (Lucas 8:11-15). Dejemos que sea la persona misma quien muestre qué clase de tierra es.

4. La respuesta: «Levántate y bautízate» (vv. 17-19)

«Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo. Y al momento le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista; y levantándose, fue bautizado. Y habiendo tomado alimento, recobró fuerzas».Hechos 9:17-19

Qué bueno que Ananías obedeció. Fue a la casa, puso las manos sobre Saulo y lo llamó «hermano Saulo». El Señor lo había enviado para que Saulo recobrara la vista y fuera lleno del Espíritu Santo (v. 17). Al momento cayeron de sus ojos como escamas.

Saulo había preguntado: «¿Qué haré, Señor?». El Señor le prometió que en la ciudad se le diría. Ahora llega la respuesta, en boca de Ananías:

«Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre».Hechos 22:16

Pensemos en la situación de Saulo en ese momento:

  • Había visto al Señor resucitado.
  • Creía en Él; lo llamaba «Señor».
  • Se había arrepentido y humillado.
  • Llevaba tres días orando y ayunando.

Y sin embargo, Ananías le dice que todavía tiene pecados que lavar. Si la fe, el arrepentimiento y la oración ya lo hubieran limpiado, esas palabras no tendrían sentido. Saulo no discutió ni pidió tiempo: «levantándose, fue bautizado» (Hechos 9:18). Lo hizo antes incluso de comer.

Esto concuerda con lo que se predicó desde el primer día. Pedro dijo: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados» (Hechos 2:38). Jesús mismo unió la fe y el bautismo (Marcos 16:16). Y Pablo enseñó después que en el bautismo somos sepultados con Cristo y revestidos de Él (Romanos 6:3-4; Gálatas 3:26-27).

Una pregunta sincera. Alguien dirá: «¿No dice la Biblia que somos salvos por gracia, por medio de la fe, y no por obras?» (Efesios 2:8-9). Sí, y lo creemos de todo corazón. El bautismo no es una obra con la que ganamos la salvación. Es la respuesta de fe que Dios mismo pide, confiando en que es Él quien actúa: «sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios» (Colosenses 2:12). Pedro lo describe como «la aspiración de una buena conciencia hacia Dios» (1 Pedro 3:21). Fíjese que Ananías lo une con «invocando su nombre»: quien se bautiza no confía en el agua, sino en el Señor a quien invoca.

Si a usted le enseñaron que fue salvo en el momento de creer, antes de bautizarse, no le pedimos que nos crea a nosotros. Le pedimos que compare con cariño lo que le enseñaron con lo que el Señor le mandó decir a Saulo. La pregunta sigue siendo la misma: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?».

Aplicación: La obediencia verdadera no pone condiciones ni demoras. «¿Por qué te detienes?»

5. Una vida nueva al servicio del Señor (vv. 19-20)

«Y estuvo Saulo por algunos días con los discípulos que estaban en Damasco. En seguida predicaba a Cristo en las sinagogas, diciendo que éste era el Hijo de Dios».Hechos 9:19-20

Saulo tomó alimento, recobró fuerzas y se quedó algunos días con los discípulos de Damasco. Los mismos a quienes venía a encarcelar ahora eran sus hermanos.

Y «en seguida» comenzó a predicar a Cristo en las sinagogas, diciendo que Jesús es el Hijo de Dios. Las cartas que traía para arrestar cristianos quedaron sin usar. En las mismas sinagogas donde pensaba buscarlos, ahora anunciaba su fe.

La conversión de Saulo no terminó en el agua; allí comenzó. La pregunta «¿qué quieres que yo haga?» no se hace una sola vez. Pablo la siguió haciendo toda su vida, hasta poder decir al final: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Timoteo 4:7).

Aplicación: Hermano que ya obedeció al evangelio: ¿sigue haciendo la pregunta? El Señor no nos salvó para sentarnos, sino para servir.

Conclusión e invitación

Volvamos al conductor del principio. Cuando alguien que va en sentido contrario descubre su error, solo le sirve una cosa: detenerse y dar la vuelta. Seguir adelante con más velocidad no arregla nada.

Eso hizo Saulo. En resumen:

  1. Era sincero, pero estaba equivocado.
  2. Cuando el Señor lo confrontó, no se justificó; preguntó qué debía hacer.
  3. Cuando recibió la respuesta, no se detuvo: se levantó y fue bautizado.
  4. Desde ese día vivió para servir a Cristo.

Si el Señor pudo perdonar y usar al peor enemigo de la iglesia, puede perdonarlo y usarlo a usted. Pablo mismo dijo que recibió misericordia para ser ejemplo de los que habrían de creer (1 Timoteo 1:15-16).

Amigo, si todavía no ha obedecido al Señor, hoy le hacemos la misma pregunta que Ananías le hizo a Saulo: «¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre».

Y a todos, hermanos y amigos que nos leen, les dejo la pregunta para llevar consigo esta semana: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?»


Las citas bíblicas son de la versión Reina-Valera 1960.

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Comentarios

Una respuesta a «Saulo oye el evangelio»

  1. […] mensaje es parte de la serie «Casos de conversión». En el mensaje anterior vimos cómo Saulo oyó el evangelio en el camino a Damasco. Ahora llegamos a Cesarea, a la casa de un oficial […]

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