Tropiezos, fe y deber

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Lucas 17:1-10

Tropiezos (Lucas 17:1-2)

Dada la naturaleza humana, es inevitable que alguien lleve a otro a apartarse de la fe. Jesús lo dijo claramente: es imposible que no vengan tropiezos. Pero que esto ocurra no quita la responsabilidad de quien lo provoca: “¡ay de aquel por quien vienen!”

Jesús ya había enseñado lo mismo en Galilea (Mateo 18:1-7). Sería mejor para esa persona que le ataran al cuello una piedra de molino y la arrojaran al mar. Dios no pasará por alto el pecado de quien haga que otro abandone el camino de la justicia.

Reprensión y perdón (Lucas 17:3-4)

Jesús continúa: “Mirad por vosotros mismos”. Hacer tropezar a alguien no consiste solo en inducirle a pecar. También le hacemos daño cuando no le advertimos de su pecado, o cuando le cerramos la puerta después de que se arrepiente. Debemos cuidarnos de ambos errores.

El deber de advertir

Cuando sabemos que un hermano está pecando, nuestro deber es advertirle del peligro. El amor lo exige, pues nadie quiere ver a un hermano amado perderse. A Ezequiel se le encargó advertir a los impíos (Ezequiel 3:17-21; 33:2-9). Una advertencia puede cambiar la vida de una persona. Y aunque no la reciba, quien ve el problema tiene la responsabilidad de advertir, y dará cuenta de si lo hizo o no.

Este deber corresponde de modo especial a predicadores y ancianos por la naturaleza de su obra, pero es también deber de todo cristiano (Santiago 5:19-20). Bajo la ley de Moisés, no reprender al prójimo se equiparaba a aborrecerlo en el corazón (Levítico 19:17).

Jesús mismo lo hizo muchas veces. A veces corrigió en privado, como a Nicodemo (Juan 3:10), conforme a lo que enseñó en Mateo 18:15. Otras veces señaló el pecado en público, y sus oyentes entendieron que hablaba de ellos (Marcos 12:12; Lucas 20:19). En privado o en público, el mensaje es el mismo, aunque muchos lo rechacen cuando se sienten aludidos. Hay que advertir del peligro del pecado aunque resulte incómodo.

El deber de perdonar

Igual de peligroso es negar el perdón a quien se ha arrepentido. En ese error cayeron los corintios (2 Corintios 2:5-8). Muchos invierten este principio sencillo: se apresuran a perdonar a quien no se ha arrepentido, pero cuando alguien los ofende gravemente y luego se arrepiente, le niegan el perdón. Quizás digan “te perdono”, pero nunca cancelan la deuda, y sus hechos muestran que sus palabras no eran sinceras. Solemos perdonar con facilidad los pecados cometidos contra otros, pero nos cuesta más cuando la ofensa es contra nosotros.

También es fácil perdonar una ofensa ocasional. Pero cuando el pecado se repite una y otra vez, empezamos a dudar de la sinceridad del arrepentimiento. El problema es que no podemos leer el corazón de nadie. No podemos suponer que, porque es la séptima vez, esta vez no es sincero. Jesús dijo: si siete veces al día peca contra ti y siete veces vuelve diciendo “me arrepiento”, perdónale.

Debemos creer la palabra de la persona y dejar que Dios juzgue sus motivos. A veces nos engañarán, pero eso es mejor que destruir la fe de alguien que se arrepintió de verdad (Colosenses 3:12-13). Nuestra propia salvación depende de que estemos dispuestos a perdonar (Mateo 6:12, 14-15; 18:35).

Fe (Lucas 17:5-6)

Estas exigencias dejaron asombrados a los apóstoles. Comprendieron que necesitaban mucha más confianza en Dios para cumplir lo que el Señor les mandaba, y le dijeron: “Auméntanos la fe”.

Jesús respondió señalando un sicómoro, también llamado morera. Es un árbol de raíces profundas y extendidas, muy difícil de arrancar. Si tuvieran fe como un grano de mostaza, podrían decirle al árbol que se desarraigara y se plantara en el mar, y les obedecería.

La respuesta de Jesús no trata de la cantidad de fe. Una semilla de mostaza es pequeñísima, y aun así basta. Lo que importa es que la fe sea genuina y descanse en Dios. Los apóstoles pensaban que con más fe podrían obedecer. Pero si esperaban a sentirse con fe suficiente, nunca cumplirían los mandamientos. La fe verdadera se muestra obedeciendo.

Deber (Lucas 17:7-10)

En lugar de darles más fe, Jesús los invita a pensar en el papel de un siervo ante su amo. El siervo hace trabajos duros, como arar el campo o apacentar las ovejas. Pero al volver después de una larga jornada, no se sienta a descansar. El amo espera que prepare la cena y le sirva. Solo cuando ha terminado todo puede comer él. Y el amo no le da las gracias, porque el siervo solo hizo lo que le correspondía.

Habrá mandamientos de Dios que nos resulten difíciles. Quizás no tengamos ganas de cumplirlos, no entendamos del todo por qué son necesarios, o preferiríamos hacer otra cosa. Pero como siervos fieles hacemos lo que se nos manda, aunque nadie nos elogie. Obedecer a Dios no es una gran hazaña de fe ni prueba de una justicia superior. Es simplemente nuestro deber, y con demasiada frecuencia ni siquiera lo cumplimos bien (Salmo 143:2). Por eso decimos:

Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.

Lucas 17:10

Como aplicación, podemos pensar en el final de la jornada como el final de nuestra vida. Si al final recibimos la recompensa del cielo, será por la gracia de nuestro Señor y no por nuestros méritos (Romanos 11:6, 35; Efesios 2:8-10). Y ese Señor es más generoso que cualquier amo terrenal: Jesús prometió que él mismo servirá a la mesa a los siervos que halle velando (Lucas 12:37).

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