Lectura: Hechos 2:22-42
En este mensaje veremos, en el primer sermón del evangelio, qué predicaron los apóstoles, qué preguntó la gente y qué respuesta dio Dios, para que hoy hagamos lo mismo.
Introducción
El libro de los Hechos es el libro de las conversiones. Nos da mucho gozo estudiarlo y ver cómo los hermanos del primer siglo predicaron a Cristo por muchos lugares. Todos debemos leerlo con cuidado para imitarlos en la predicación del evangelio.
Cristo había prometido al apóstol Pedro que él abriría las puertas del reino:
“Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos”.
Mateo 16:16-19
En el día de Pentecostés esa promesa se cumple: Pedro es el primero en anunciar cómo se entra al reino.
El contexto: vino el Espíritu Santo (Hechos 2:1-21)
Ese día, como a las nueve de la mañana, el Espíritu Santo vino sobre los apóstoles y ellos, guiados por Él, empezaron a predicar con mucho valor. La multitud los oyó hablar en sus propias lenguas y quedó atónita; algunos se burlaban diciendo que estaban llenos de mosto.
Pedro responde que no están ebrios, sino que se está cumpliendo lo dicho por el profeta Joel: Dios derramaría su Espíritu, y todo aquel que invocare el nombre del Señor sería salvo (Hechos 2:16-21; Joel 2:28-32). Con esa base empieza a hablar de Jesús.
Jesús murió y resucitó (Hechos 2:22-32)
“Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella”.
Hechos 2:22-24
Cuando Pedro mencionó el nombre de Jesús nazareno, la gente supo a quién se refería. Para muchos de los presentes, la historia de Jesús había terminado con su muerte en la cruz. Pero el Espíritu Santo, por medio del apóstol, les revela que resucitó al tercer día.
El versículo 23 enseña dos verdades a la vez. La muerte de Jesús estaba en el plan de Dios (“determinado consejo y anticipado conocimiento”), y aun así los hombres fueron responsables de ella (“prendisteis y matasteis”). El plan de Dios no quitó la culpa de quienes lo crucificaron.
Para confirmar la resurrección, Pedro recurre a la profecía de David en el Salmo 16:8-11:
“Veía al Señor siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido. Por lo cual mi corazón se alegró, y se gozó mi lengua, y aun mi carne descansará en esperanza; porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción. Me hiciste conocer los caminos de la vida; me llenarás de gozo con tu presencia”.
Hechos 2:25-28
El mismo apóstol explica la profecía:
“Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy. Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción”.
Hechos 2:29-31
El argumento es sencillo: David murió y su sepulcro seguía allí, así que el salmo no hablaba de él, sino del Cristo. No puede quedar duda de que Jesús murió y también resucitó. Para dar testimonio de este hecho fueron escogidos los apóstoles:
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos”.
Hechos 2:32
Eran testigos verdaderos. Jesús se presentó vivo durante cuarenta días con muchas pruebas (Hechos 1:3), y más de quinientos hermanos lo vieron a la vez (1 Corintios 15:6).
Jesús fue exaltado: Señor y Cristo (Hechos 2:33-36)
Jesús resucitó para subir a los cielos y ser exaltado:
“Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís. Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”.
Hechos 2:33-35
Lo que la multitud veía y oía esa mañana era la prueba de que Jesús ya reinaba a la diestra de Dios. Pedro cita otra profecía de David, el Salmo 110:1. David escribió dos profecías que no se cumplieron en él, pero que sí tuvieron su cumplimiento en Jesús.
Aquí está el contraste entre la sabiduría de Dios y la necedad del hombre:
- Los hombres lo mataron, y Dios lo resucitó.
- Los hombres le quitaron la vida, y Dios se la volvió a dar.
- Los hombres lo tuvieron en nada, y Dios lo exaltó.
“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo”.
Hechos 2:36
Esta es la conclusión del sermón. Todo lo anterior (las señales, la profecía, los testigos) lleva a esta afirmación.
La pregunta más importante (Hechos 2:37)
“Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?”.
Hechos 2:37
Los oyentes creyeron lo que Pedro predicó. Reconocieron su pecado de haber matado a Jesús, y eso les dolió en el corazón. Esa fe y ese dolor los llevaron a preguntar.
“¿Qué haremos?” es la pregunta más importante que el hombre pecador puede hacer. Cuando uno se enfrenta a su pecado, lo más sabio es ser humilde y hacer la misma pregunta.
La respuesta de Dios (Hechos 2:38-39)
La respuesta es consoladora:
“Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”.
Hechos 2:38
Tal vez venga a nuestra mente la oración de Jesús en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Bien podemos ver aquí una respuesta a esa oración: a los mismos que lo crucificaron se les ofrece el perdón.
El versículo contiene dos mandamientos y dos promesas:
- Arrepentíos. Arrepentirse es cambiar de mente: decidir dejar lo malo y empezar a hacer lo bueno. Nace de la tristeza que es según Dios (2 Corintios 7:10), la misma que sintieron los oyentes en el versículo 37, y se demuestra con un cambio de vida.
- Bautícese cada uno. La palabra bautizar significa sumergir. Por eso Pablo describe el bautismo como una sepultura con Cristo (Romanos 6:3-4). Dios dice “cada uno”, es decir, la obediencia es personal.
- Para perdón de los pecados. Este es el propósito: quien se arrepiente y es bautizado recibe el perdón.
- Recibiréis el don del Espíritu Santo. Dios da su Espíritu a los que le obedecen (Hechos 5:32). No hay bendición más valiosa que estas dos.
“Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare”.
Hechos 2:39
La promesa no era solo para los presentes. Alcanzaba a sus descendientes y a “los que están lejos”, expresión que Pablo aplica después a los gentiles (Efesios 2:13, 17). El evangelio es para todos (Romanos 1:16-17). Pedro lo predicó aquí, pero comprendió todo su alcance tiempo después, en casa de Cornelio (Hechos 10:34-35).
Sed salvos de esta perversa generación (Hechos 2:40)
“Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación”.
Hechos 2:40
Este bello sermón se extendió más, pero todo lo demás se resume en esta frase, que da título a este mensaje.
La “perversa generación” era, en primer lugar, la de aquellos días: la que había visto las señales de Jesús y aun así lo rechazó y lo crucificó. La expresión viene de Moisés, que llamó así al Israel rebelde (Deuteronomio 32:5). Ser salvo de ella era dejar de compartir su incredulidad y su culpa.
La exhortación sigue vigente. Pablo dice que los hijos de Dios viven “en medio de una generación maligna y perversa” (Filipenses 2:15). Todos los que rechazan a Cristo forman esa generación. Toda persona que quiera salir de ella y servir a Dios puede hacerlo; solo tiene que obedecer.
El resultado: tres mil que perseveraron (Hechos 2:41-42)
“Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas”.
Hechos 2:41
Ese día hubo como tres mil personas que recibieron la palabra, es decir, que la creyeron y la obedecieron. No esperaron, porque el tiempo presente es el día de salvación (2 Corintios 6:1-2). Eran personas que anhelaban cambiar, ser perdonadas de todos sus pecados y recibir el don del Espíritu Santo. ¡Qué bendición tan grande ha provisto nuestro Dios!
“Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones”.
Hechos 2:42
La conversión fue el comienzo. Los primeros creyentes perseveraron en cuatro cosas:
- La doctrina de los apóstoles, que es la doctrina de Cristo, pues ellos enseñaban lo que recibieron de Él.
- La comunión unos con otros: compartían la vida y sus bienes como hermanos (Hechos 2:44-45).
- El partimiento del pan: la cena del Señor, en memoria de su muerte (1 Corintios 10:16; Hechos 20:7).
- Las oraciones: deseaban estar en contacto con Dios.
Conclusión e invitación
El primer sermón del evangelio anunció que Jesús murió, resucitó y fue exaltado como Señor y Cristo. Los que lo creyeron preguntaron qué hacer, se arrepintieron, fueron bautizados para perdón de sus pecados y perseveraron.
Cualquier persona que hoy desee el perdón de sus pecados tiene esta misma oportunidad. Al obedecer el evangelio de Cristo, usted imita la fe de los primeros creyentes, como los tres mil del día de Pentecostés que decidieron escapar de una perversa generación y ser salvos para servir a Dios.
Preguntas de repaso
- ¿Qué tres hechos acerca de Jesús predicó Pedro en los versículos 22 al 36?
- ¿Por qué el Salmo 16 no podía referirse a David mismo?
- ¿Qué movió a la multitud a preguntar “¿qué haremos?”?
- Según el versículo 38, ¿qué se manda y qué se promete?
- ¿Qué significa hoy ser salvo de “esta perversa generación”?
- ¿En qué cuatro cosas perseveraban los primeros creyentes? ¿Persevero yo en ellas?
Preparado por: Jaime Vásquez · Puede escribirme: jaimevasquez@runbox.com
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