Introducción
La Palabra de nuestro Dios es completa y muy importante para todos nosotros. El apóstol Pablo nos enseña en 2 Timoteo 3:16-17 que toda la Escritura es inspirada por Dios, y toda debe ser parte importante de nuestra lectura y meditación. También nos enseña en Romanos 15:4 que todo lo que se escribió antes fue escrito para nuestra enseñanza, y que hay consuelo en toda la Palabra de nuestro Dios.
Pero leer y aprender de toda la Biblia no es lo mismo que estar bajo toda la Biblia como nuestra ley. Pablo le pide a Timoteo que use bien la palabra de verdad (2 Timoteo 2:15). Usarla bien significa distinguir entre el antiguo pacto, que Dios hizo con Israel por medio de Moisés, y el nuevo pacto, que Dios hizo con toda la humanidad por medio de Cristo. Así sabremos cuáles mandamientos tenemos que obedecer hoy.
I. El antiguo pacto era un pacto nacional: Deuteronomio 5:1-3
A. En estos versículos aprendemos que Moisés enseñó al pueblo que el pacto que recibían ese día se hacía con ellos, con los que estaban allí vivos (v. 3). Era un pacto nacional, hecho solo con Israel. Había muchos pueblos alrededor, pero Dios escogió a Israel, y el mediador de ese pacto fue Moisés (Gálatas 3:19).
B. Por medio del profeta Malaquías (Malaquías 4:4), Dios les recuerda la ley que les dio en Horeb «para todo Israel». El pacto era entre Dios y el pueblo de Israel, y requería fidelidad. En este punto el pueblo falló.
C. Por eso Dios, por medio del profeta Jeremías (Jeremías 31:31-34), promete hacer un nuevo pacto, distinto al que hizo con sus padres, porque ellos invalidaron el primero (v. 32). El escritor de Hebreos cita esta profecía y enseña que, al hablar de un pacto nuevo, Dios dio por viejo al primero (Hebreos 8:6-13).
D. Ese nuevo pacto entró en vigor con la muerte de Cristo, así como un testamento entra en vigor cuando muere el testador (Hebreos 9:15-17). Por eso, durante su vida, Jesús todavía vivió bajo la ley de Moisés y la respetó; por ejemplo, mandó al leproso sanado a presentar la ofrenda que ordenó Moisés (Mateo 8:4).
II. El nuevo pacto es un pacto mundial: Mateo 26:28; Juan 3:16
A. En la última cena, Jesús llamó a su sangre «la sangre del nuevo pacto», derramada para perdón de los pecados (Mateo 26:28). Y en Juan 3:16 nuestro Dios nos revela que envió a su Hijo para que todo aquel que en él cree no se pierda. Dios no hizo diferencia de raza ni de color, porque todos estábamos afectados por el pecado (Romanos 3:23).
B. Dios no hace acepción de personas: de cualquier nación acepta al que le teme y hace justicia (Hechos 10:34-35). En Cristo ya no hay judío ni griego (Gálatas 3:28).
C. Por eso Cristo mandó a sus apóstoles a predicar el evangelio a todas las naciones (Mateo 28:18-20), y en el libro de los Hechos vemos que así lo hicieron, empezando en Jerusalén.
D. Dios desea que todos los hombres sean salvos y que vengan al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:4). No hay salvación sin conocer la verdad. La salvación tiene dos partes: la de Dios y la del hombre. Dios no quiere que nadie perezca, pero el hombre tiene que volverse a Dios en arrepentimiento (2 Pedro 3:9).
III. Los dos pactos tenían propósitos diferentes: Efesios 2:14-16
A. Dios escogió a la nación de Israel para ser su pueblo especial y la apartó de los demás pueblos (Levítico 20:26; Deuteronomio 7:6). El propósito era que de esta nación viniera el Mesías, el Salvador del mundo (Romanos 9:4-5). Por eso se les dio una tierra especial, una ley especial y costumbres peculiares. Hasta sus enemigos notaban que sus leyes eran distintas a las de todos los pueblos (Ester 3:8).
B. Pero el nuevo pacto es para toda la humanidad. Cristo vino para llevarnos a todos al Padre, y para eso quitó lo que separaba a judíos y gentiles: la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas (Efesios 2:14-16). Esa ley la clavó en la cruz (Colosenses 2:14).
C. La ley de Moisés terminó con la muerte de Jesús. Pablo enseña que hemos muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo y que estamos libres de ella (Romanos 7:4-6). Por eso nadie nos debe juzgar en cuanto a comida, bebida, días de fiesta o sábados (Colosenses 2:16-17). Además, cuando cambió el sacerdocio, de la tribu de Leví a Cristo, que es de la tribu de Judá, también tuvo que cambiar la ley (Hebreos 7:12-14).
D. La ley era sombra de los bienes venideros, no la realidad misma (Hebreos 10:1).
E. La ley era un ayo para llevarnos a Cristo; pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo (Gálatas 3:24-25).
F. ¿Quiere decir esto que ahora podemos matar, robar o mentir? ¡De ninguna manera! No estamos sin ley; estamos bajo la ley de Cristo (1 Corintios 9:21; Gálatas 6:2). Muchos principios morales del antiguo pacto se repiten en el Nuevo Testamento, y los obedecemos porque Cristo y sus apóstoles los enseñan, no porque Moisés los dio.
Cuadro comparativo de los dos pactos
| Antiguo pacto | Nuevo pacto | |
|---|---|---|
| ¿Con quién? | Solo con Israel (Dt 5:3) | Con toda la humanidad (Jn 3:16) |
| Mediador | Moisés (Gá 3:19) | Cristo (He 8:6) |
| Sangre | De animales | De Cristo (Mt 26:28) |
| Sacerdocio | Tribu de Leví | Cristo, de la tribu de Judá (He 7:12-14) |
| Naturaleza | Sombra de lo que venía (He 10:1) | La realidad en Cristo (Col 2:17) |
| Vigencia | Hasta la cruz (Col 2:14) | Desde la muerte de Cristo (He 9:15-17) |
| A quién oímos | Moisés y los profetas | Cristo y sus apóstoles (Mt 17:5) |
Conclusión
Moisés mismo anunció que Dios levantaría un profeta como él, y que al pueblo le tocaría oírle (Deuteronomio 18:15). El apóstol Pedro enseña que ese profeta es Cristo (Hechos 3:22-23). En el monte de la transfiguración aparecieron Moisés y Elías, pero el Padre señaló solo a su Hijo: «A él oíd» (Mateo 17:1-5). Y Hebreos 1:1-2 nos enseña que Dios habló antes por los profetas, pero en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo.
Que podamos aprender la importancia de distinguir entre los dos pactos. Seguimos leyendo y aprendiendo de Moisés y de los profetas, pero ya no los obedecemos como nuestra ley; obedecemos a Cristo y a sus apóstoles. Así muchas personas podrán dejar de obedecer mandamientos que fueron solo para el pueblo de Israel, como guardar el sábado, las leyes de comidas, la circuncisión o los sacrificios. Esto es serio: el apóstol Pablo advierte que quien busca justificarse por la ley, de Cristo se desligó (Gálatas 5:3-4).
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