¿Has dejado tu primer amor?

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Apocalipsis 2:1-7

Una iglesia con todas las ventajas

Piensa en todos los privilegios que tuvieron los santos de Éfeso. Un apóstol fundó la iglesia y trabajó entre ellos durante tres años (Hch 20:31). Después, Timoteo continuó la obra allí (1 Ti 1:3). Algunos de ellos hablaron en lenguas y profetizaron cuando el apóstol les impuso las manos (Hch 19:6; cf. 8:18). Tenían «toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo» (Ef 1:3; 2:6). Habían sido «sellados con el Espíritu Santo de la promesa» (Ef 1:13). Y Pablo les escribió una carta.

Imagina que todo esto hubiera ocurrido en la congregación donde tú adoras. ¿Cómo reaccionarías? ¿Qué tan grandes serían tus expectativas? Supón además que esa iglesia fuera activa, llena de vida y enérgica, y que el Señor mismo conociera su trabajo incansable. ¿Qué clase de iglesia sería? ¡Excelente! ¡Maravillosa! ¡Ejemplar!

Pues no.

El elogio y la reprensión

El Señor escribió una carta a esa misma iglesia. Con todas sus virtudes, con su gloriosa historia y con toda su diligencia, esto es lo que le dijo:

«Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado. Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido» (Ap 2:2-5).

Da un poco de miedo, ¿verdad? Mira primero los elogios. Eran reales, sinceros y merecidos. Era una iglesia que no toleraba a los malos y que examinaba a los falsos maestros, incluso a quienes se presentaban como apóstoles, hasta exponerlos como mentirosos. Fíjate en las palabras que hablan de esfuerzo: trabajo arduo, paciencia, sufrimiento, perseverancia. ¿Qué diríamos hoy de una congregación así, tan firme en la doctrina y tan dedicada? ¡Nos faltarían palabras para alabarla!

Ahora mira la parte que asusta: la reprensión. Los candeleros representan a las iglesias (Ap 1:20). Por eso, cuando el Señor amenaza con quitar el candelero, está diciendo en efecto: «Estoy a punto de dejar de reconocerte como una de mis iglesias» (Ap 2:5).

Si aceptamos la fecha tradicional de Apocalipsis (hacia el año 95 d.C.), había pasado aproximadamente una generación desde que Pablo y Timoteo trabajaron en Éfeso. Muchos de los que ahora llenaban la congregación quizá no conocieron a Pablo. Conservaban la sana doctrina y el celo por la verdad, pero algo esencial se estaba apagando. ¿Qué pasó? El Señor lo dice en una frase: «Has dejado tu primer amor».

La pregunta es personal

No basta con acusar a la iglesia de haber dejado su primer amor. La pregunta es para ti: ¿has dejado tu primer amor?

Señalar con el dedo es fácil. «Si tuviéramos un buen predicador.» «Si tuviéramos ancianos.» «Si tuviéramos otros ancianos.» «Si cantáramos mejor.» «Si tal hermano se fuera.» «Si tal familia adorara aquí en vez de al otro lado de la ciudad.» Los «si tan solo» no edifican una iglesia fuerte. Culpar a otros y buscar excusas solo agrava el problema.

Éfeso tenía todos los «si tan solo» resueltos. Lo tenía todo: buena enseñanza, buenos maestros, una historia admirable y mucha actividad. Aun así, el Señor le dijo: «Has dejado tu primer amor».

¿Qué significa dejar el primer amor?

Piensa en un matrimonio. La pareja vive junta y tiene una vida cómoda. En lo esencial, todo está bien: hay trabajo, la casa funciona, la comida está en la mesa y los hijos van bien. ¿Cuál es entonces el problema? «No sé. Me siento apático, insatisfecho. Todo está en orden, pero los días se repiten. Nada ha cambiado realmente, y sin embargo nuestro matrimonio está apagado.» Esa pareja sigue cumpliendo con sus tareas, pero ha dejado su primer amor.

Dios usó esta misma imagen con su pueblo: «Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto» (Jer 2:2). Lo que el Señor extrañaba era el amor de los primeros días, no el culto ni los sacrificios.

Lo mismo les puede pasar a los cristianos y a las iglesias. Se cumple con la rutina de la vida espiritual: se asiste a los servicios, se ofrenda y se hacen algunas «buenas obras» por cumplir. Se honra al Señor con los labios mientras el corazón está lejos de él, y esa adoración resulta vana (Mt 15:8-9).

Ese amor perdido tiene dos dimensiones. La primera es el amor a Cristo, que es el corazón de todo. La segunda es el amor a los hermanos, y los efesios habían sido conocidos precisamente por su «amor para con todos los santos» (Ef 1:15). Ambas van juntas (Mt 22:37-39). Una iglesia que dedica todas sus fuerzas a vigilar el error puede terminar fría y dura con su propia gente. Pablo lo advirtió: aunque uno tenga toda la ciencia y entregue su cuerpo en sacrificio, si no tiene amor, de nada le sirve (1 Co 13:2-3). La sana doctrina es indispensable, pero no sustituye al amor.

El remedio: tres pasos del Señor

No es un asunto pequeño. Un matrimonio apagado necesita que los esposos vuelvan a cortejarse, que regresen a la amabilidad, la cortesía y la consideración de los primeros días. Con la fe pasa lo mismo, y no hay atajos. No existe una «experiencia» emocional ni una inyección de entusiasmo que alguien pueda darte para sacarte de la apatía. El mismo Señor que diagnosticó el problema dio el remedio:

1. Recuerda de dónde has caído. Vuelve a pensar en el día en que obedeciste al evangelio. Recuerda el gozo, la gratitud y el deseo de servir que tenías entonces. Mide tu vida de hoy con esa vara.

2. Arrepiéntete. Deja de culpar a los demás. Reconoce delante de Dios que el problema está en tu corazón y decide cambiar. Se te manda ser «renovado en el espíritu de vuestra mente» y ser transformado «por medio de la renovación de vuestro entendimiento» (Ef 4:23; Ro 12:2).

3. Haz las primeras obras. El amor se recupera haciendo lo que hacías cuando amabas. Ora con fervor y con frecuencia. Aliméntate de la Palabra de Dios. Busca servir a tus hermanos y salvar a los perdidos. Los sentimientos suelen volver cuando se retoman las obras.

«Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo» (Ef 5:14).

La promesa al que venciere

El Señor no escribió a Éfeso para destruirla, sino para salvarla. Todavía le reconoció algo bueno: «Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco» (Ap 2:6). Y terminó la carta con una promesa:

«El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios» (Ap 2:7).

No es tarde. El candelero todavía está en su lugar. ¿Has dejado tu primer amor? Recuerda, arrepiéntete y vuelve a las primeras obras.

Todas las citas son de la Reina-Valera 1960.

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