Este mensaje es parte de la serie «Casos de conversión». En el mensaje anterior vimos cómo tres mil oyeron el evangelio el día de Pentecostés. Ahora veremos cómo, aun cuando intentaron callar a los apóstoles, la palabra siguió avanzando.
Sermón sobre Hechos 4:1-22
Texto y tesis
Texto base: Hechos 4:1-22. Texto de apoyo: 2 Timoteo 2:9.
Tesis: Los hombres pueden encarcelar a los mensajeros, pero nunca podrán encarcelar el mensaje de Cristo.
Propósito: Animar a la iglesia a hablar de Jesús con valor, aun ante la oposición, sabiendo que la Palabra de Dios sigue obrando.
Bosquejo:
- La oposición al evangelio (vv. 1-3)
- El avance del evangelio (v. 4)
- El valor del testigo (vv. 5-22)
Introducción
Hermanos, imaginemos la escena. Un hombre cojo de nacimiento, de más de cuarenta años (Hch 4:22), que cada día era llevado a la puerta del templo llamada la Hermosa para pedir limosna. Todo Jerusalén lo conocía. Pero un día Pedro y Juan pasan por allí y le dicen: “En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hch 3:6). Y aquel hombre entra al templo andando, saltando y alabando a Dios.
El pueblo corre asombrado al pórtico de Salomón. Pedro aprovecha la oportunidad y predica: no fue nuestro poder, fue Jesús, el mismo que ustedes negaron y mataron, y a quien Dios resucitó (Hch 3:12-15). El milagro abrió la puerta; el evangelio entró por ella.
Pero cuando el evangelio avanza, la oposición no se queda quieta. Hoy veremos cómo los líderes religiosos intentaron callar a los apóstoles, y cómo fracasaron. Porque hay una verdad que atraviesa todo este capítulo: la Palabra de Dios no está presa.
I. La oposición al evangelio (vv. 1-3)
Mientras los apóstoles hablaban al pueblo, llegaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos. La Biblia de las Américas dice que venían indignados (v. 2).
1. ¿Por qué estaban indignados? Por dos razones: porque enseñaban al pueblo, y porque anunciaban en Jesús la resurrección de los muertos.
- Los saduceos no creían en la resurrección, ni en ángeles, ni en espíritus (Hch 23:8). Jesús ya les había respondido: “Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios” (Mt 22:29).
- Cada vez que Pedro decía “Dios lo resucitó”, la doctrina de ellos quedaba expuesta. El evangelio siempre incomoda al error.
- Los líderes habían crucificado a Jesús para callar su voz. Habían sellado la tumba y puesto guardia (Mt 27:62-66). Pero la tumba quedó vacía, y ahora la voz de Cristo resuena en la boca de sus apóstoles.
2. No podían negar el milagro. Más adelante ellos mismos reconocen: “señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos… y no lo podemos negar” (v. 16). No atacaron la evidencia; atacaron a los mensajeros. Cuando no se puede refutar la verdad, se intenta silenciarla.
3. Los encarcelaron hasta el día siguiente (v. 3). Era ya tarde, y la tradición judía pedía que los juicios se hicieran de día. Qué ironía: con Jesús no respetaron esa regla, pues lo juzgaron de noche. Jesús ya lo había anunciado: “os entregarán a los concilios… y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí” (Mt 10:17-18).
Aplicación: No nos sorprendamos cuando la verdad encuentre resistencia. La oposición no es señal de que el evangelio fracasa; muchas veces es señal de que está tocando algo.
II. El avance del evangelio (v. 4)
El versículo 3 termina con los apóstoles en la cárcel. El versículo 4 comienza con una palabra hermosa: “Pero”. “Pero muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y el número de los varones era como cinco mil.”
1. La semilla ya estaba sembrada. Los guardias llegaron tarde. Podían arrestar a Pedro y a Juan, pero no podían sacar la Palabra del corazón de quienes la habían oído. Pablo lo diría años después desde otra prisión: “sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; mas la palabra de Dios no está presa” (2 Ti 2:9).
2. La iglesia crecía. El texto habla de unos cinco mil varones; contando mujeres, el número era seguramente mayor. De ciento veinte (Hch 1:15), a tres mil (Hch 2:41), a cinco mil varones. La persecución no detuvo el crecimiento; lo acompañó.
3. Creer es responder a la Palabra. “Oyeron la palabra, y creyeron.” La fe viene por el oír (Ro 10:17). En Hechos, creer incluye toda la respuesta de obediencia del que acepta el evangelio: arrepentirse y bautizarse para perdón de los pecados (Hch 2:38, 41; 16:31-33).
Aplicación: Nuestra tarea es sembrar fielmente. No siempre veremos el fruto de inmediato, y a veces sembrar nos costará. Pero el poder está en la semilla, no en el sembrador.
III. El valor del testigo (vv. 5-22)
Al día siguiente se reúne el Sanedrín: gobernantes, ancianos, escribas, y la familia sumo sacerdotal, con Anás y su yerno Caifás (Jn 18:13). Eran los mismos hombres que pocas semanas antes habían condenado a Jesús.
1. Una pregunta para intimidar (v. 7). “¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?” Ponen a los apóstoles en medio, rodeados. Son galileos, pescadores, sin estudios rabínicos. La pregunta es vaga a propósito: ¿“esto” es sanar al cojo o predicar a Cristo? Querían confundirlos y hacerlos tropezar.
2. Un hombre lleno del Espíritu (vv. 8-10). “Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo…” Se cumple la promesa: “el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir” (Lc 12:12).
- Pedro habla con respeto: “Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel” (cf. 1 P 2:17).
- Pero habla con claridad: ¿nos juzgan por hacer un bien a un enfermo? Sepan todos que fue en el nombre de Jesucristo de Nazaret, “a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos”.
- Los acusados se convierten en acusadores. El tribunal que juzgó a Jesús ahora es confrontado con su propio pecado.
3. La piedra rechazada (v. 11). Pedro cita el Salmo 118:22: “Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo.” Ellos eran los constructores de Israel, y desecharon la piedra principal. Pero Dios la colocó en el lugar más alto.
4. No hay otro nombre (v. 12). “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” Pedro pasa de la defensa al evangelio. No solo explica cómo fue sanado un cojo; anuncia cómo puede ser salvo un pecador. El mismo nombre que levantó al cojo es el único que puede levantar al hombre caído en el pecado.
5. Habían estado con Jesús (vv. 13-14). El concilio se maravilla: ven el denuedo de unos hombres sin letras, “y les reconocían que habían estado con Jesús”. Y el hombre sanado estaba de pie junto a ellos; “no podían decir nada en contra”. Un testigo vivo vale más que mil argumentos.
6. La segunda oportunidad de Pedro. Recordemos: la noche del juicio de Jesús ante este mismo concilio, Pedro estaba en el patio, y tres veces dijo “No conozco al hombre” (Mt 26:69-75). Ahora, ante los mismos jueces, declara sin miedo que ese Jesús es el único Salvador. ¿Qué lo cambió? No la fama ni la ambición; eso murió en la cruz. Lo cambió la resurrección, el perdón del Señor (Jn 21:15-19) y la plenitud del Espíritu.
7. Obedecer a Dios antes que a los hombres (vv. 15-22). El concilio delibera en privado y decide amenazarlos para que no hablen más en el nombre de Jesús. La respuesta de Pedro y Juan es inolvidable: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (vv. 19-20). Los soltaron, porque todo el pueblo glorificaba a Dios por lo que había sucedido.
Aplicación: El valor de los apóstoles no venía de su preparación sino de su relación: habían estado con Jesús. Si queremos hablar de Él con denuedo, necesitamos pasar tiempo con Él.
Conclusión e invitación
Hermanos, en este capítulo vimos tres cosas:
- La oposición es real. La verdad de la resurrección incomoda a quienes no quieren creerla.
- La Palabra avanza. Encarcelaron a los mensajeros, pero cinco mil varones creyeron. La Palabra de Dios no está presa.
- El testigo transformado habla con valor. El Pedro que negó a Jesús en el patio lo confesó ante el concilio.
Para la iglesia: ¿Qué nos impide hablar de Cristo hoy? ¿El miedo al qué dirán, a perder amistades, a no saber qué responder? Los apóstoles tampoco tenían títulos, pero habían estado con Jesús. Pidamos lo mismo que pidió la iglesia después de este episodio: “concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra” (Hch 4:29).
Para quien tal vez ha fallado: Quizás tú, como Pedro, has negado al Señor con tus palabras o con tu vida. La historia de Pedro te dice que hay una segunda oportunidad. El mismo Jesús que lo restauró a él quiere restaurarte a ti.
Para quien aún no ha obedecido: “No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” No es un nombre entre muchos; es el único. Así como aquellos cinco mil oyeron la palabra y creyeron, hoy tú puedes creer en Jesús, arrepentirte de tus pecados, confesar su nombre y ser bautizado para perdón de pecados (Hch 2:38). Si deseas responder a este llamado, te invitamos a hacerlo mientras cantamos.
Himno de invitación sugerido: uno sobre el nombre de Jesús o la entrega al Señor, según el himnario de la congregación.
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