Juan 11:1-53
I. Retraso en la venida (vv. 1-16)
Ya conocimos a Marta y María en Lucas 10:38-42. Juan nos recuerda que esta María es la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos (Juan 11:2; 12:1-8). Ahora sabemos que tenían un hermano, Lázaro, que estaba gravemente enfermo.
Las hermanas enviaron un mensaje a Jesús, que se encontraba al otro lado del Jordán, donde Juan había bautizado al principio (Juan 10:40). El mensaje decía que aquel a quien él amaba estaba enfermo. Al recibirlo, Jesús dijo que esa enfermedad no era para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios fuera glorificado por ella (Juan 11:4).
Juan nos asegura que Jesús amaba de verdad a Marta, a su hermana y a Lázaro (Juan 11:5). Así sabemos que el Señor no permitía el dolor sin propósito. Sin embargo, en lugar de ir enseguida a Betania, se quedó dos días más donde estaba. Para las hermanas fue una espera difícil, pero era necesaria: Jesús iba a hacer una obra mayor que fortalecería la fe de sus discípulos.
Pasados los dos días, Jesús anunció que volverían a Judea. Esto sorprendió a los discípulos, pues poco antes los judíos habían intentado apedrearlo (Juan 10:31, 39). Regresar ponía al Señor en peligro.
Jesús respondió que el día tiene doce horas, y que el que anda de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo (Juan 11:9-10). Con esto les enseñaba que todavía no había llegado su hora. Mientras durara su «día», podía ir a Judea con seguridad. No importaba que los judíos buscaran matarlo; aún no era el tiempo de su muerte.
Luego les dijo que Lázaro dormía, pero que iba a despertarlo (Juan 11:11). Los discípulos entendieron que hablaba del sueño natural. Sabiendo que Lázaro estaba enfermo, pensaron que dormir era buena señal de que se estaba recuperando. Si lo hubieran pensado un momento, habrían notado que no tenía sentido caminar hasta Betania, a un día de camino y con peligro de muerte, solo para despertar a un hombre de una siesta.
Notemos también que Jesús supo que Lázaro había muerto sin que nadie se lo dijera. No llegó ningún otro mensajero, pues los discípulos no sabían nada de lo sucedido.
Como no entendían, Jesús les dijo claramente: «Lázaro ha muerto». Y añadió que se alegraba, por causa de ellos, de no haber estado allí, para que creyeran (Juan 11:14-15). La muerte de su amigo era algo triste, pero sería una oportunidad para fortalecer la fe de ellos.
Viendo que Jesús estaba decidido a ir, Tomás dijo a los demás: «Vamos también nosotros, para que muramos con él» (Juan 11:16). Sus palabras muestran una lealtad valiente: si su Maestro iba a morir, estaba dispuesto a morir con él.
II. Marta sale al encuentro de Jesús (vv. 17-27)
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Si sumamos el viaje del mensajero (un día), los dos días que Jesús esperó y su propio viaje (otro día), vemos que Lázaro probablemente murió poco después de que el mensajero salió de Betania. Aun antes de que Jesús recibiera la noticia, ya era demasiado tarde para una simple sanidad.
Todavía había mucha gente con Marta y María para consolarlas. Una razón de esta gran concurrencia es que Betania estaba a unos quince estadios de Jerusalén, es decir, a menos de tres kilómetros (Juan 11:18-19).
Jesús aún no había entrado en la aldea (Juan 11:30). Cuando Marta oyó que venía, salió a encontrarlo, mientras María se quedó sentada en casa.
Marta le dijo: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto». Y añadió que aun ahora sabía que todo lo que él pidiera a Dios, Dios se lo daría (Juan 11:21-22). Marta creía firmemente en el poder de Jesús y en el favor que tenía con el Padre. Pero, como veremos, no se le ocurrió que él pudiera devolverle la vida a su hermano en ese mismo momento. Para ella, Lázaro había muerto porque Jesús, por desgracia, no había llegado a tiempo.
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta tomó estas palabras como un consuelo general: sabía que resucitaría en la resurrección, en el día postrero (Juan 11:23-24). Esa esperanza era conocida entre los judíos fieles (Daniel 12:2) y Marta la tenía bien firme.
Entonces Jesús pronunció una de las declaraciones más grandes de todo el evangelio:
Jesús no solo da la resurrección: él es la resurrección y la vida. La esperanza de Marta estaba puesta en un día lejano; Jesús le muestra que esa esperanza está en una persona que tenía delante. Sus palabras encierran dos promesas:
- El creyente que muere, vivirá. La muerte física no tiene la última palabra sobre el que cree en Cristo.
- El creyente que vive, no morirá eternamente. Aunque su cuerpo muera, nunca sufrirá la muerte eterna, la separación de Dios.
Marta respondió: «Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo» (Juan 11:27). Su confesión es correcta y hermosa. Entendía la relación entre quién es Jesús y el poder que tiene. Sin embargo, todavía no veía cómo esa verdad se aplicaba a la tumba de su hermano.
III. María sale al encuentro de Jesús (vv. 28-32)
Marta volvió a casa y le dijo en secreto a María que el Maestro estaba allí y la llamaba. María se levantó deprisa y fue al lugar donde Jesús había hablado con Marta. Los judíos que estaban con ella la vieron salir apresuradamente y pensaron que iba al sepulcro a llorar. En vez de dejarla sola, la siguieron. Si Marta quería mantener en secreto la llegada de Jesús, sus buenas intenciones se frustraron.
Al llegar, María se postró a sus pies (Juan 11:32). Es un detalle precioso: cada vez que encontramos a María en los evangelios, está a los pies de Jesús.
- Allí estaba escuchando su palabra (Lucas 10:39).
- Allí derramó su dolor (Juan 11:32).
- Allí lo ungió con perfume (Juan 12:3).
Igual que su hermana, le dijo: «Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano». El uso de la misma frase sugiere que las dos lo habían comentado muchas veces durante aquellos días de espera.
IV. Jesús se conmueve y llora (vv. 33-38)
La reacción de Jesús es distinta de la que vemos en otras ocasiones. En Naín le dijo a la madre que había perdido a su hijo: «No llores» (Lucas 7:12-15). En casa de Jairo reprendió a los que hacían alboroto llorando por la niña muerta (Marcos 5:38-42). Pero esta vez, al ver llorar a María y a los judíos que la acompañaban, Jesús «se estremeció en espíritu y se conmovió», y luego lloró (Juan 11:33, 35). El versículo más corto de la Biblia es también uno de los más profundos.
¿Por qué lloró Jesús, si sabía que iba a resucitar a Lázaro (Juan 11:11)? El texto permite ver varias razones que no se excluyen entre sí:
Compasión
Lloró después de ver llorar a María, y Juan ya nos había dicho que los amaba (Juan 11:5). Saber cómo terminaría la historia no le impidió llorar con los que lloraban (Romanos 12:15). Tenemos un Sumo Sacerdote que se compadece de nuestras debilidades (Hebreos 4:15).
Indignación ante la muerte
La palabra que Juan usa en los versículos 33 y 38 tiene en griego un fuerte matiz de indignación. Jesús estaba frente a la obra del gran enemigo, la muerte, que entró al mundo por el pecado (Romanos 5:12; 1 Corintios 15:26).
La sombra de su propia muerte
Jesús estaba a pocos días de la cruz, y no la deseaba en su humanidad (Juan 12:27). Él no solo quitaba los dolores; los compartía como varón de dolores (Isaías 53:3). Pronto daría la solución definitiva para nuestra necesidad más grande (Romanos 5:6-8).
Los judíos interpretaron sus lágrimas como prueba de amor: «Mirad cómo le amaba» (Juan 11:36). Pero otros dijeron con escepticismo: «¿No podía este, que abrió los ojos al ciego, hacer también que Lázaro no muriera?» (Juan 11:37). Su comentario no era una reflexión sobre la tristeza de Jesús, sino una crítica velada.
«Ven y ve»
Hay también una sutil invitación en este pasaje. Cuando Jesús preguntó dónde habían puesto a Lázaro, le respondieron: «Señor, ven y ve» (Juan 11:34). Esta frase recuerda varios momentos del evangelio de Juan:
- Jesús mismo invitó a los primeros discípulos: «Venid y ved» (Juan 1:39).
- Felipe respondió a las dudas de Natanael: «Ven y ve» (Juan 1:46).
- Pedro y Juan corrieron a ver el sepulcro vacío (Juan 20:2-9).
- Tomás fue invitado a comprobar por sí mismo que Jesús vivía (Juan 20:27).
- Y al final de la Biblia, la invitación es para todos: «el que tiene sed, venga» (Apocalipsis 22:17).
Juan dejó constancia de las lágrimas de Jesús para que veamos su verdadera humanidad junto a la gloria de su divinidad, y para que compartamos lo que los apóstoles vieron y oyeron (1 Juan 1:1-4).
V. Jesús resucita a Lázaro (vv. 39-44)
Lázaro estaba sepultado en una cueva cerrada con una piedra. Jesús mandó quitarla. Marta se opuso: «Señor, hiede ya, porque es de cuatro días» (Juan 11:39). Aun en ese momento, Marta no comprendía lo que Jesús iba a hacer. Pero su objeción nos da una prueba más de que el milagro no fue un engaño: Lázaro no estaba desmayado ni dormido; su cuerpo ya estaba en descomposición. Un hombre gravemente enfermo no habría sobrevivido cuatro días encerrado en una cueva sin comida ni agua.
Jesús le recordó a Marta: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?» (Juan 11:40; véase 11:4, 25-26). Entonces quitaron la piedra, y Jesús oró al Padre en voz alta. El Padre ya lo había oído; Jesús oró así por causa de la multitud, para que creyeran que el Padre lo había enviado (Juan 11:41-42).
No hubo encantamientos, ritos ni fórmulas especiales. Bastó la palabra de Jesús, porque él es la resurrección y la vida (Juan 11:25). Ese mismo día anticipa otro mayor: «vendrá hora, cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron bien, saldrán a resurrección de vida» (Juan 5:28-29; véase también 1 Tesalonicenses 4:16).
Por último, Jesús ordenó: «Desatadle, y dejadle ir» (Juan 11:44). El Señor da la vida, pero invita a otros a participar en quitar las ataduras.
VI. Lázaro y Jesús: un contraste
Hay un detalle que conecta este capítulo con la resurrección de Cristo. Lázaro salió del sepulcro atado con las vendas, porque volvió a la misma vida mortal y un día tendría que morir otra vez. En cambio, cuando Pedro y Juan entraron al sepulcro de Jesús, encontraron los lienzos en el suelo y el sudario enrollado aparte (Juan 20:5-7). Jesús no necesitaba esas vendas, porque resucitó para no morir jamás (Romanos 6:9; Apocalipsis 1:18).
| Lázaro | Jesús |
|---|---|
| Salió atado con las vendas (Juan 11:44) | Dejó los lienzos en el sepulcro (Juan 20:5-7) |
| Necesitó que otro lo llamara | Él es la resurrección y la vida (Juan 11:25) |
| Volvió a la vida mortal | Resucitó a una vida que no termina |
| Un día volvería a morir | «Ya no muere» (Romanos 6:9) |
VII. Las consecuencias (vv. 45-53)
El milagro produjo dos reacciones. Muchos de los judíos que habían venido a acompañar a María creyeron en Jesús (Juan 11:45). Otros fueron a contarlo a los fariseos, y el concilio se reunió. Caifás, el sumo sacerdote, dijo que convenía que un hombre muriera por el pueblo, y sin saberlo profetizó que Jesús moriría por la nación, y no solo por ella, sino para congregar a los hijos de Dios dispersos (Juan 11:49-52).
Aplicación
- Las demoras de Dios no son negaciones. Jesús amaba a esta familia y aun así esperó. Cuando Dios parece tardar, su propósito puede ser más grande de lo que imaginamos.
- Nuestra fe debe ser personal y presente. Marta creía en una resurrección futura; Jesús le mostró que la esperanza está en él, hoy. La pregunta sigue siendo para cada uno: «¿Crees esto?».
- Jesús comprende nuestro dolor. El Señor que lloró ante la tumba de su amigo no es indiferente a nuestras lágrimas.
- La muerte no tiene la última palabra. La misma voz que llamó a Lázaro llamará un día a todos los muertos. Debemos estar preparados para salir «a resurrección de vida».
- La invitación sigue en pie: «Ven y ve».
Las citas bíblicas son de la versión Reina-Valera.

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