Este mensaje es parte de la serie «Casos de conversión». En el estudio anterior vimos cómo los samaritanos oyeron el evangelio por medio de Felipe. Ahora veremos al mismo predicador en un camino desierto.
El libro de los Hechos es uno de los libros maravillosos del Nuevo Testamento. Nos narra cómo el evangelio llegaba a multitudes y estas obedecían; cómo llegaba a ciudades grandes y pequeñas, y cómo llevaba a la conversión a muchas personas que estaban sedientas de servir al Señor.
Pero hay algo más maravilloso todavía: nuestro Dios deseaba que los hombres sinceros, de «corazón bueno y recto» (Lucas 8:15), oyeran el evangelio, y Él hacía todo lo necesario para ese fin. Esta es la historia que nos ocupa hoy: la de un hombre que vino desde el reino de Etiopía a adorar a Dios en Jerusalén. Ahora que regresa a su tierra después de haber cumplido con su deber, Dios desea que lleve consigo algo muy especial.
Así vemos cómo Dios valora la conversión no solo de grandes multitudes, sino también de una sola alma. Aquí vemos el gran valor que una oveja tiene para el Pastor (Lucas 15:3-7).
1. La obediencia del predicador (vv. 26-28)
«Un ángel del Señor habló a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el sur, por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto. Entonces él se levantó y fue. Y sucedió que un etíope, eunuco, funcionario de Candace reina de los etíopes, el cual estaba sobre todos sus tesoros, y había venido a Jerusalén para adorar, volvía sentado en su carro, y leyendo al profeta Isaías».Hechos 8:26-28
Aquí vemos la humildad y la obediencia del predicador. Felipe estaba en medio de una gran obra en Samaria, y Dios lo manda a un camino desierto. No pregunta ni cuestiona el mandamiento del ángel; solamente obedece: «él se levantó y fue».
Vemos también el ejemplo del etíope. Era un hombre importante, el tesorero de la reina. (Candace no era un nombre propio, sino el título de las reinas de Etiopía, como «Faraón» lo era de los reyes de Egipto). Y aun así, de regreso de Jerusalén, iba leyendo las Escrituras. ¡Qué bueno que, aun después de adorar a Dios, apartemos tiempo para meditar en su palabra, por el camino y en nuestros hogares!
2. ¿Entiendes lo que lees? (vv. 29-35)
«Y el Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro. Acudiendo Felipe, le oyó que leía al profeta Isaías, y dijo: Pero ¿entiendes lo que lees? Él dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare? Y rogó a Felipe que subiese y se sentara con él. El pasaje de la Escritura que leía era este: Como oveja a la muerte fue llevado; y como cordero mudo delante del que lo trasquila, así no abrió su boca. En su humillación no se le hizo justicia; mas su generación, ¿quién la contará? Porque fue quitada de la tierra su vida. Respondiendo el eunuco, dijo a Felipe: Te ruego que me digas: ¿de quién dice el profeta esto; de sí mismo, o de algún otro? Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús».Hechos 8:29-35
Felipe llega al lugar y todavía no sabe cuál es su misión; el Espíritu le indica lo que debe hacer. El carro ya va pasando, y por eso la Biblia de las Américas dice que Felipe «se acercó corriendo».
La pregunta de Felipe es muy importante: «¿Entiendes lo que lees?». Siempre debemos cerciorarnos de que la persona que está oyendo el evangelio entiende lo que estamos predicando, porque si no, la palabra no la podrá convencer ni llevar a la conversión. En este caso de conversión, como en los demás que narra Hechos, lo que hubo fue predicación de la palabra.
Hay algo maravilloso: nuestro Dios dispuso que Felipe llegara justo cuando pasaba el carro del eunuco. Y algo más: Dios puso el punto de partida para el mensaje de Felipe, y qué mejor que Isaías 53.
El eunuco era un hombre humilde, dispuesto a aprender. Por eso preguntó: «¿De quién dice el profeta esto; de sí mismo, o de algún otro?». Felipe parte de allí y le explica que esta profecía hablaba de Jesús. El texto resume que «le anunció el evangelio de Jesús»; y por la pregunta que el eunuco hace enseguida, sabemos que esa predicación incluyó el bautismo. Así también, en el resto del Nuevo Testamento, el evangelio llama a creer, arrepentirse, confesar a Cristo y ser bautizado.
Y si el etíope siguió leyendo el libro de Isaías, unos capítulos más adelante habrá encontrado una promesa escrita como para él. Según la ley de Moisés, un eunuco no podía entrar en la congregación del Señor (Deuteronomio 23:1). Pero Dios había dicho por medio de Isaías:
«Y el extranjero que sigue a Jehová no hable diciendo: Me apartará totalmente Jehová de su pueblo. Ni diga el eunuco: He aquí yo soy árbol seco. Porque así dijo Jehová: A los eunucos que guarden mis días de reposo, y escojan lo que yo quiero, y abracen mi pacto, yo les daré lugar en mi casa y dentro de mis muros, y nombre mejor que el de hijos e hijas; nombre perpetuo les daré, que nunca perecerá».Isaías 56:3-5
Este hombre era extranjero y era eunuco. Las dos cosas que podían dejarlo fuera son justamente las dos que Dios menciona en su promesa. En Cristo, esa promesa se cumplió.
3. El bautismo y el gozo (vv. 36-40)
«Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó. Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y el eunuco no le vio más, y siguió gozoso su camino. Pero Felipe se encontró en Azoto; y pasando, anunciaba el evangelio en todas las ciudades, hasta que llegó a Cesarea».Hechos 8:36-40
El carro siguió andando y llegaron a un lugar donde había agua. Al verla, el eunuco vio una oportunidad e hizo la pregunta que todo el que entiende el evangelio llega a hacer: «Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?». ¡Qué lindo cuando esta pregunta sale de los labios del que con amor está oyendo el evangelio! Siempre dejemos que sea la persona la que llegue a sentir esta necesidad, porque cuando el deseo de obedecer al Señor nace de ella, es duradero.
La respuesta de Felipe también es muy importante: «Si crees de todo corazón, bien puedes». La fe que nace del corazón es pura y sincera; la que nace solo de los labios es temporal. Este hombre está seguro de cuál es su deber y dice: «Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios». Y no hubo más que obedecer. ¡Bendito sea el Señor!
Una nota sobre el versículo 37: algunas versiones, como la Biblia de las Américas, lo ponen entre corchetes o lo omiten, porque no aparece en los manuscritos más antiguos. La Reina-Valera 1960 sí lo incluye. En cualquier caso, la enseñanza es la misma en todo el Nuevo Testamento: «si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo» (Romanos 10:9-10).
Todavía el Espíritu Santo nos revela algo más, algo que viene cuando el hombre obedece a Dios: el gozo. Lucas no nos dice cómo se sentía este hombre al salir de Jerusalén, aunque sí que ocupaba su tiempo en algo valioso: leer la palabra. Lo que sí nos dice es cómo siguió después de su bautismo: gozoso.
Al convertirse al Señor, este hombre pudo meditar en todo lo que Dios había hecho para que él regresara a su tierra con un tesoro más valioso que el que cuidaba para la reina Candace: el evangelio.
Y algo que siempre debemos meditar: la voluntad de Dios ha sido y será que sean los hombres los que prediquen a los hombres. Bien podían el ángel o el Espíritu predicarle al eunuco, pero no fue eso lo que Dios decidió. Lo mismo ocurrió con Cornelio: un ángel se le apareció, pero no le predicó el evangelio, sino que le dijo que mandara a buscar a Pedro, porque «él te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa» (Hechos 10:5-6; 11:14). El Señor encomendó esa tarea a sus discípulos: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15-16; Mateo 28:18-20).
Y Felipe siguió haciéndolo. De Azoto pasó predicando por todas las ciudades hasta llegar a Cesarea, donde se estableció. Años después, el apóstol Pablo se hospedó en su casa, y Lucas lo llama «Felipe el evangelista» (Hechos 21:8).
Conclusión
¡Bendito sea el Señor por su palabra! Todos nosotros debemos animarnos a predicar el evangelio a todo el mundo. Dejemos que sea el evangelio el que juzgue a la gente, y no nuestro prejuicio. Un extranjero y eunuco, que según la ley no podía entrar en la congregación, fue recibido en la casa de Dios.
Siempre hay personas sinceras como el eunuco; solo debemos predicar a todo el mundo para encontrarlas.
Amigo, si usted todavía no ha obedecido al evangelio de Cristo, le animamos a que imite la fe del eunuco, que de corazón obedeció el evangelio y siguió gozoso su camino.
Las citas bíblicas son de la versión Reina-Valera 1960.
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