En el mensaje anterior vimos cómo cinco mil oyeron el evangelio en Jerusalén, aun en medio de las amenazas. Ahora el evangelio sale de Jerusalén y llega a Samaria.
Este estudio es parte de la serie «Casos de conversión», en la que veremos cómo distintas personas en el libro de Hechos oyeron y obedecieron el evangelio. Lo hago con dos propósitos: que los amigos que nos leen aprendan más del evangelio, y que los que ya somos cristianos lo estudiemos para poder compartir este mensaje con otros.
«Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio. Entonces Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo».Hechos 8:4-5
1. Un evangelio que no se detiene (v. 4)
Para entender el versículo 4 hay que leer lo que pasó justo antes. Esteban acababa de ser apedreado, y «en aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles» (Hechos 8:1).
Los enemigos del evangelio pensaron que, dispersando a los cristianos, acabarían con el mensaje. Ocurrió todo lo contrario: «los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio». Como quien esparce semilla en un campo, cada cristiano que huía llevaba consigo la Palabra. Lo que se hizo para apagar el fuego solo sirvió para extenderlo.
Así se cumplía lo que Jesús había dicho antes de subir al cielo: «me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra» (Hechos 1:8). El evangelio ya había llenado Jerusalén; ahora llegaba a Samaria.
2. Felipe predicaba a Cristo (vv. 5-8)
Este Felipe no es el apóstol, sino uno de los siete varones «de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría» que la iglesia escogió para servir, y sobre quienes los apóstoles impusieron las manos (Hechos 6:3-6). Que Felipe fuera a Samaria es significativo, porque «judíos y samaritanos no se tratan entre sí» (Juan 4:9). El evangelio comenzaba a derribar barreras de siglos.
¿Y qué predicaba Felipe? El versículo 5 lo dice en pocas palabras: «les predicaba a Cristo». Ese es el eje del evangelio. Dondequiera que vayamos, debemos predicar a Cristo. Así, cuando las personas se convierten, se convierten a Él y no a hombres.
«Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía» (v. 6). ¡Qué gran audiencia! Unánime: todos, de común acuerdo, ponían su atención en el mensaje. Escuchaba atentamente: había un gran deseo de oír y de aprender. Además de oír el evangelio, veían las señales que Felipe hacía.
«Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían estos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados» (v. 7). Felipe echaba fuera demonios y sanaba enfermos. No olvidemos el propósito de esas señales: confirmar la Palabra. Los apóstoles y los primeros predicadores «predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían» (Marcos 16:20). Las señales no eran el mensaje; eran la firma de Dios sobre el mensaje.
El resultado: «así que había gran gozo en aquella ciudad» (v. 8). La gente estaba gozosa al oír la Palabra y entenderla, y al ver a tantos enfermos sanados.
3. Un pueblo engañado (vv. 9-11)
Pero antes de Felipe, a esa ciudad había llegado otro hombre: «había un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciudad, y había engañado a la gente de Samaria, haciéndose pasar por algún grande» (v. 9). Era un mago mentiroso que se presentaba como alguien importante.
Y lo había logrado: «A este oían atentamente todos, desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: Este es el gran poder de Dios. Y le estaban atentos, porque con sus artes mágicas les había engañado mucho tiempo» (vv. 10-11). Los tenía a todos engañados, al punto de que lo consideraban el gran poder de Dios en persona. Ese es el propósito del engañador: que la gente crea en sus trucos, porque una vez engañada la puede manipular.
Aquí hay un detalle que vale la pena notar. Las expresiones «escuchaba atentamente» (v. 6), «oían atentamente» (v. 10) y «le estaban atentos» (v. 11) traducen el mismo verbo griego (prosechō). Es el mismo que aparece en Hebreos 2:1: «es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído». El pueblo de Samaria era el mismo; lo que cambió fue a quién le prestaba atención. Antes la ponía en un mentiroso; ahora la puso en la verdad.
Todos prestamos atención a algo. La pregunta es: ¿a qué le estamos prestando atención nosotros?
4. La verdad que libera (vv. 12-13)
«Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres» (v. 12). El evangelio les quitó la venda de los ojos. Ahora entendían la verdad y la obedecían siendo bautizados. Jesús lo había dicho: «conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:32).
Observemos el orden de lo que ocurrió en Samaria:
- Oyeron la predicación de Cristo (vv. 5-6).
- Creyeron «el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo» (v. 12).
- Fueron bautizados, hombres y mujeres (v. 12).
Es lo mismo que el Señor había mandado: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo» (Marcos 16:16). Notemos también quiénes se bautizaban: «hombres y mujeres», personas que podían oír, entender y creer; que estaban conscientes de sus pecados y deseaban el perdón de los mismos. La Biblia nunca habla de bautizar infantes.
Y entonces viene la sorpresa: «También creyó Simón mismo, y habiéndose bautizado, estaba siempre con Felipe; y viendo las señales y grandes milagros que se hacían, estaba atónito» (v. 13).
Aquí hay otro detalle del texto original. Cuando el versículo 9 dice que Simón «había engañado» a la gente, y el 11 que «les había engañado», la palabra griega (existēmi) significa literalmente «dejar asombrado, dejar atónito». Es la misma que se usa en el versículo 13: Simón «estaba atónito». El hombre que durante años había dejado asombrada a toda una ciudad con sus trucos ahora era el asombrado, porque estaba delante del verdadero poder de Dios.
El evangelio de Cristo es tan poderoso que no solo convirtió a los samaritanos que estaban engañados: también convirtió al engañador.
Conclusión
Que tengamos siempre presentes estos casos de conversión, para mantener el buen ánimo y el deseo de seguir predicando a Cristo. Si el evangelio pudo alcanzar a una ciudad engañada por años, y aun al propio engañador, puede alcanzar a cualquier persona con la que lo compartamos.
Y si usted que lee todavía no ha obedecido el evangelio, haga lo mismo que hicieron los samaritanos: escuche con atención el mensaje de Cristo, créalo y obedézcalo. «El que creyere y fuere bautizado, será salvo» (Marcos 16:16).
La historia de Simón no termina aquí. En los versículos 14 al 24 veremos qué pasó cuando llegaron los apóstoles Pedro y Juan, y la lección que todo cristiano debe aprender de ello.
Las citas bíblicas son de la versión Reina-Valera 1960.
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