Cornelio oye el evangelio

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Este mensaje es parte de la serie «Casos de conversión». En el mensaje anterior vimos cómo Saulo oyó el evangelio en el camino a Damasco. Ahora llegamos a Cesarea, a la casa de un oficial romano.

Las cualidades de Cornelio

«Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio, centurión de la compañía llamada la Italiana, piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre».Hechos 10:1-2

Cornelio era centurión, un oficial del ejército romano que tenía a su cargo unos cien soldados. Era gentil: no era judío ni se había convertido al judaísmo. Y, sin embargo, en un solo versículo la Biblia nos presenta cuatro cualidades que tenía este hombre:

  1. Era piadoso.
  2. Era temeroso de Dios.
  3. Le gustaba ayudar.
  4. Oraba a Dios siempre.

Veamos cada una, y después veremos algo que nos sorprende: con todas estas cualidades, a Cornelio todavía le faltaba algo.

1. Era piadoso

¿Qué significa la palabra «piedad»? El diccionario la define como la virtud que, por el amor a Dios, inspira devoción y reverencia hacia las cosas sagradas; y, por el amor al prójimo, actos abnegados y compasivos. La piedad mira hacia arriba y hacia los lados: hacia Dios y hacia el prójimo.

Veamos cómo la usa la Biblia:

  • Dios aparta al piadoso para sí: «Sabed, pues, que Jehová ha escogido al piadoso para sí; Jehová oirá cuando yo a él clamare» (Salmo 4:3).
  • La piedad no es para presumir: cuando sanaron al cojo, Pedro dijo: «¿por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste?» (Hechos 3:12). La gloria es de Dios.
  • La piedad se ejercita: «Ejercítate para la piedad; porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera» (1 Timoteo 4:7-8).
  • La piedad se busca: «Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre» (1 Timoteo 6:11).
  • El Señor cuida al piadoso: «sabe el Señor librar de tentación a los piadosos» (2 Pedro 2:9).
  • La piedad se nota en la forma de vivir: «¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir!» (2 Pedro 3:11).

Y fíjese en un detalle: Cornelio era piadoso «con toda su casa» (Hechos 10:2). Su devoción no se quedaba en él; alcanzaba a su familia. Y cuando llegó el momento de oír el mensaje de Dios, «había convocado a sus parientes y amigos más íntimos» (Hechos 10:24). Un hombre piadoso influye en los que lo rodean.

2. Era temeroso de Dios

Temer a Dios no es tenerle miedo como a un enemigo, sino respetarlo de tal manera que uno no quiere desagradarlo. Jesús dijo: «Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno» (Mateo 10:28). Quien teme a Dios le sirve con lealtad, aunque eso le cueste.

La Biblia nos muestra a otros hombres con esta misma cualidad. Abdías servía en la casa del malvado rey Acab, y aun así «era en gran manera temeroso de Jehová» (1 Reyes 18:3). De Job, Dios mismo dijo que era «varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal» (Job 1:8). Notemos que el temor de Dios va unido a apartarse del mal: «con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal» (Proverbios 16:6); «el temor de Jehová es aborrecer el mal» (Proverbios 8:13).

En el libro de los Hechos, la expresión «temerosos de Dios» describía a un grupo conocido: gentiles que adoraban al Dios de Israel, asistían a la sinagoga y respetaban su ley, pero sin haberse hecho judíos. Pablo se dirigía a ellos cuando predicaba: «Varones israelitas, y los que teméis a Dios, oíd» (Hechos 13:16); y en Atenas «discutía en la sinagoga con los judíos y piadosos» (Hechos 17:17). Cornelio era uno de ellos. Vivía rodeado de soldados y de idolatría, y aun así había decidido adorar al Dios verdadero.

Y su testimonio era conocido. Sus enviados lo describieron así: «Cornelio el centurión, varón justo y temeroso de Dios, y que tiene buen testimonio en toda la nación de los judíos» (Hechos 10:22). ¡Un oficial romano bien visto por los judíos! Eso no era cosa común.

3. Le gustaba ayudar

Cornelio «hacía muchas limosnas al pueblo». Ese «pueblo» era el pueblo judío. Pensemos en lo que eso significa: un oficial del ejército que dominaba a Israel ayudaba generosamente a los necesitados de ese mismo pueblo.

Dios nos da salud y trabajo para proveer para nuestra familia, pero también para ayudar a otros: «El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad» (Efesios 4:28). Así lo mandaba Dios a Israel: «Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra» (Deuteronomio 15:11). Y así vivía Job: «Porque yo libraba al pobre que clamaba, y al huérfano que carecía de ayudador. […] y al corazón de la viuda yo daba alegría» (Job 29:12-13).

Hay un detalle hermoso en el capítulo anterior. En la ciudad de Jope vivía una discípula llamada Dorcas, que «abundaba en buenas obras y en limosnas que hacía» (Hechos 9:36). Cuando ella murió, llamaron a Pedro, y Dios la resucitó por medio de él. Por eso Pedro «se quedó muchos días en Jope» (Hechos 9:43). Y fue allí, en Jope, donde llegaron a buscarlo los enviados de Cornelio. Dios usó a una mujer generosa para poner al predicador en el lugar justo donde lo buscaría un hombre generoso.

La fe verdadera ayuda: «Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?» (Santiago 2:15-16). «Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?» (1 Juan 3:17). A los ricos se les manda «que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos» (1 Timoteo 6:18). Y Dios se agrada de esto: «de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios» (Hebreos 13:16). Como dijo el Señor Jesús: «Más bienaventurado es dar que recibir» (Hechos 20:35).

4. Oraba a Dios siempre

Cornelio tenía un horario de oración. El ángel se le apareció «como a la hora novena del día» (Hechos 10:3), y él mismo contó después: «a la hora novena, mientras oraba en mi casa, vi que se puso delante de mí un varón con vestido resplandeciente» (Hechos 10:30). La hora novena, las tres de la tarde, era conocida como «la hora de la oración» (Hechos 3:1). Este gentil había adoptado la costumbre del pueblo de Dios.

Jesús enseñó a sus discípulos cómo orar: «Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos» (Mateo 6:6-7; ver también 6:8-15). Y enseñó a orar con persistencia: les refirió «una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar» (Lucas 18:1). Pablo lo resumió en tres palabras: «Orad sin cesar» (1 Tesalonicenses 5:17).

Debemos orar también por los demás. Pablo no cesaba de orar por los hermanos (Colosenses 1:9), y exhortó a «que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad» (1 Timoteo 2:1-2).

Y aquí está el versículo que une todo. Cuando el ángel le habló a Cornelio, le dijo:

«Tus oraciones y tus limosnas han subido para memoria delante de Dios».Hechos 10:4

Dios había visto sus oraciones y sus limosnas. Nada de lo que Cornelio hacía había pasado desapercibido. «Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre» (Hebreos 6:10).

5. Pero le faltaba algo

Piadoso, temeroso de Dios, generoso, hombre de oración, con buen testimonio… ¿Qué más se le podía pedir a Cornelio? Si alguien merecía ser llamado «salvo» por su bondad, era él. Pero escuchemos lo que el ángel le dijo después:

«Envía, pues, ahora hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro. Este posa en casa de cierto Simón curtidor, que tiene su casa junto al mar; él te dirá lo que es necesario que hagas».Hechos 10:5-6

Cuando Pedro contó después esta historia en Jerusalén, fue todavía más claro. El ángel le había dicho a Cornelio que Pedro «te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa» (Hechos 11:14). Es decir, con todas sus cualidades, Cornelio todavía no era salvo. Necesitaba oír el evangelio. «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23); también los buenos.

Notemos también que el ángel no le predicó el evangelio. Igual que con el etíope y con Saulo, Dios dispuso que un hombre le predicara a otro hombre. Y Dios preparó también al predicador: por medio de una visión le enseñó a Pedro «que a ningún hombre llame común o inmundo» (Hechos 10:28), para que estuviera dispuesto a entrar en la casa de un gentil.

Cuando Pedro llegó, encontró una casa llena de gente dispuesta a oír. Las palabras de Cornelio son un ejemplo para todo el que escucha el evangelio:

«Ahora, pues, todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios, para oír todo lo que Dios te ha mandado».Hechos 10:33

Pedro comenzó reconociendo: «En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia» (Hechos 10:34-35). Y les predicó a Cristo: su vida, su muerte y su resurrección, concluyendo que «de éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre» (Hechos 10:43).

Mientras Pedro hablaba, el Espíritu Santo cayó sobre los que oían, y hablaban en lenguas (Hechos 10:44-46). Los judíos que acompañaban a Pedro quedaron atónitos. ¿Para qué sirvió esto? Pedro mismo lo explicó después: fue el testimonio de Dios de que los gentiles también podían ser recibidos, sin tener que hacerse judíos primero (Hechos 11:17-18; 15:7-9). Pero fíjese bien: ese milagro no sustituyó la obediencia al evangelio. Pedro preguntó: «¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús» (Hechos 10:47-48).

Años después, en la reunión de Jerusalén, Pedro resumió el caso de Cornelio con estas palabras: «Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos» (Hechos 15:11). Cornelio no fue salvo por un camino especial. Fue salvo como todos: por la gracia de Dios, oyendo el evangelio, creyendo y obedeciendo. El mismo camino que siguieron los samaritanos, el etíope y Saulo.

Conclusión

Amados hermanos y amigos que nos leen, hagámonos estas preguntas:

  1. ¿Qué tan piadosos somos?
  2. ¿Qué tan temerosos de Dios somos?
  3. ¿Qué tanto nos gusta ayudar y compartir?
  4. ¿Qué tanto nos gusta orar?

Recordemos que Cornelio tenía estas cualidades y todavía no era cristiano. Si usted es una persona buena, que ora, ayuda y respeta a Dios, ¡gracias a Dios por eso! Pero no es suficiente. Le falta lo mismo que le faltaba a Cornelio: oír las palabras por las cuales puede ser salvo y obedecerlas. Y si usted ya es cristiano, que estas cualidades se vean en su vida, porque si un hombre que todavía no conocía a Cristo vivía así, ¡cuánto más nosotros!

Hagamos lo que hizo Cornelio: pongámonos en la presencia de Dios para oír todo lo que Él ha mandado, y obedezcámoslo.


Las citas bíblicas son de la versión Reina-Valera 1960.

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Comentarios

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  1. […] mensaje es parte de la serie «Casos de conversión». En el mensaje anterior vimos cómo Cornelio oyó el evangelio en Cesarea. Ahora el evangelio cruza el mar y llega por primera vez a […]

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