Este mensaje es parte de la serie «Casos de conversión». En el mensaje anterior vimos cómo Cornelio oyó el evangelio en Cesarea. Ahora el evangelio cruza el mar y llega por primera vez a Europa.
«Cuando vio la visión, en seguida procuramos partir para Macedonia, dando por cierto que Dios nos llamaba para que les anunciásemos el evangelio. Zarpando, pues, de Troas, vinimos con rumbo directo a Samotracia, y el día siguiente a Neápolis; y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la provincia de Macedonia, y una colonia; y estuvimos en aquella ciudad algunos días. Y un día de reposo salimos fuera de la puerta, junto al río, donde solía hacerse la oración; y sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían reunido. Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía. Y cuando fue bautizada, y su familia, nos rogó diciendo: Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa, y posad. Y nos obligó a quedarnos».Hechos 16:10-15
1. Dios abre el camino (vv. 9-12)
Pablo y sus compañeros no llegaron a Filipos por casualidad. Poco antes, el Espíritu Santo les había prohibido «hablar la palabra en Asia» (Hechos 16:6), y no los dejó entrar en Bitinia (v. 7). Entonces, en Troas, «se le mostró a Pablo una visión de noche: un varón macedonio estaba en pie, rogándole y diciendo: Pasa a Macedonia y ayúdanos» (v. 9). Y no perdieron tiempo: «en seguida procuramos partir para Macedonia» (v. 10).
Notemos un detalle: a partir de aquí, Lucas, el escritor del libro, empieza a decir «procuramos», «vinimos», «estuvimos». Él mismo iba en el grupo. Lo que vamos a leer lo cuenta un testigo.
Filipos era una «colonia» romana, una ciudad donde vivían muchos soldados retirados y ciudadanos romanos. Parece que había pocos judíos, porque no se menciona ninguna sinagoga. Pablo y sus compañeros buscaron dónde se reunían los que adoraban a Dios, y supieron que fuera de la puerta de la ciudad, a la orilla de un río, se reunía un grupo de mujeres para orar.
2. Una mujer que adoraba a Dios (vv. 13-14a)
Fueron un día de reposo, se sentaron y comenzaron a hablarles la palabra de Dios. Entre aquellas mujeres estaba Lidia.
- Era de Tiatira, una ciudad de la provincia de Asia (Apocalipsis 2:18). ¡Qué interesante! El Espíritu no había permitido a Pablo predicar en Asia, y la primera persona que obedece el evangelio en Europa es una mujer que venía de Asia.
- Era vendedora de púrpura, una tela teñida muy costosa, que usaban los ricos y los gobernantes. Era una mujer de negocios, probablemente con recursos, pues tenía casa propia donde podía hospedar a varios hombres.
- «Adoraba a Dios». Como Cornelio, Lidia era de los gentiles que adoraban al Dios de Israel. Ya oraba, ya guardaba el día de reposo, ya buscaba a Dios. Pero, igual que a Cornelio, le faltaba algo: conocer y obedecer el evangelio de Cristo.
3. El Señor abrió su corazón (v. 14b)
Dice el texto sagrado que Lidia «estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía». ¿Pero cómo lo hizo Dios? El mismo pasaje nos lo muestra:
- Oyendo las oraciones de estas mujeres que se reunían junto al río.
- Enviándoles los predicadores, con una visión y cerrando otros caminos.
- Por medio del mensaje oído. Lidia «estaba oyendo» y estuvo «atenta a lo que Pablo decía».
Fíjese en las dos partes de la escena:
- ¿Qué hizo Lidia? Oír atentamente.
- ¿Qué estaba haciendo Pablo? Predicando la palabra.
Dios no abrió el corazón de Lidia sin la palabra, sino por medio de ella. Así lo hizo también con sus discípulos después de resucitar: «les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras» (Lucas 24:45). Y así lo hace siempre: «la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10:17). El poder está en su palabra, no en los predicadores. Como escribió el apóstol Pablo:
«Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego».Romanos 1:16
Hay algo más. La expresión «estuviese atenta» traduce el mismo verbo griego (prosechō) que vimos con los samaritanos, que «escuchaban atentamente» a Felipe (Hechos 8:6), y el mismo de Hebreos 2:1: «es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído». Dios abre el corazón; nosotros debemos prestar atención.
4. Fue bautizada, y su familia (v. 15a)
Después que oyó el mensaje y lo creyó, estaba lista y preparada para bautizarse, y así lo hizo: «cuando fue bautizada, y su familia…». No sabemos exactamente quiénes formaban su casa, pero el texto deja claro que, como en Samaria, en Cesarea y en la casa del carcelero, los que oyeron y creyeron fueron bautizados.
Y notemos sus palabras a Pablo: «Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor». Ahora era una creyente. Su fe se había hecho obediencia.
Es el mismo patrón que hemos visto en toda esta serie: el evangelio es predicado, la persona lo oye, lo cree y es bautizada. Así fue con los samaritanos, el etíope, Saulo, Cornelio, y ahora con Lidia.
5. La primera prueba de su amor: la hospitalidad (v. 15b)
Apenas se convirtió a Cristo, Lidia dio la primera prueba del amor cristiano: la hospitalidad. «Entrad en mi casa, y posad». Y dice el texto que «nos obligó a quedarnos». No fue una invitación de cortesía; insistió hasta que aceptaron.
La Biblia anima a todo cristiano a ser hospitalario: «practicando la hospitalidad» (Romanos 12:13); «No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles» (Hebreos 13:2); «Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones» (1 Pedro 4:9).
Y la casa de Lidia se convirtió en el lugar de reunión de los hermanos. Cuando Pablo y Silas salieron de la cárcel, «entraron en casa de Lidia, y habiendo visto a los hermanos, los consolaron» (Hechos 16:40). Desde ese comienzo creció la iglesia de Filipos, una iglesia que apoyó a Pablo con generosidad «desde el primer día» (Filipenses 1:5; 4:15-16). La generosidad de Lidia marcó a toda una congregación.
Conclusión
¡Qué buen ejemplo el de estas personas! Amaban a Dios y le estaban adorando conforme a lo que habían aprendido; pero cuando oyeron la verdad, la obedecieron con esmero y sinceridad.
Tal vez usted también ama a Dios, ora y procura agradarle. Lidia hacía lo mismo. Pero cuando oyó el evangelio de Cristo, prestó atención, lo creyó y fue bautizada. Que el Señor abra también su corazón mientras lee su palabra, y que usted esté atento a lo que ella dice.
En el próximo mensaje veremos qué pasó después en Filipos: una muchacha adivina, una cárcel sacudida por un terremoto y un carcelero que preguntó: «¿Qué debo hacer para ser salvo?».
Las citas bíblicas son de la versión Reina-Valera 1960.
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