Este mensaje es parte de la serie «Casos de conversión». En el mensaje anterior vimos cómo Lidia oyó el evangelio junto al río, en la ciudad de Filipos. Ahora, en esa misma ciudad, el evangelio llega a un lugar inesperado: una cárcel.
El evangelio llegó a la ciudad de Filipos, y los primeros creyentes fueron Lidia y su familia (Hechos 16:14-15). Pablo y Silas siguieron yendo al lugar donde se oraba. En ese camino comenzó una cadena de hechos que terminó con otra familia entera obedeciendo al Señor.
Esta historia gira alrededor de una pregunta, la más importante que una persona puede hacer: ¿qué debo hacer para ser salvo? Veamos cómo llegó un hombre a hacerla y qué respuesta recibió.
1. Un espíritu expulsado (vv. 16-18)
«Aconteció que mientras íbamos a la oración, nos salió al encuentro una muchacha que tenía espíritu de adivinación, la cual daba gran ganancia a sus amos, adivinando. Esta, siguiendo a Pablo y a nosotros, daba voces, diciendo: Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, quienes os anuncian el camino de salvación. Y esto lo hacía por muchos días; mas desagradando a Pablo, éste se volvió y dijo al espíritu: Te mando en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella. Y salió en aquella misma hora».Hechos 16:16-18
La muchacha decía una verdad, pero a Pablo no le pareció correcto. El evangelio no necesita el testimonio de los demonios. Jesús mismo los hacía callar cuando lo confesaban (Marcos 1:24-25, 34).
Además, en una ciudad pagana la expresión «Dios Altísimo» podía confundirse con cualquiera de sus dioses. Si alguien iba a obedecer, no debía ser por lo que dijera una adivina, sino por oír el evangelio de Cristo: «la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10:17).
Pablo expulsó al espíritu en el nombre de Jesucristo. La muchacha quedó libre, y el negocio de sus amos se terminó.
2. Unos siervos encarcelados (vv. 19-23)
«Pero viendo sus amos que había salido la esperanza de su ganancia, prendieron a Pablo y a Silas, y los trajeron al foro, ante las autoridades; y presentándolos a los magistrados, dijeron: Estos hombres, siendo judíos, alborotan nuestra ciudad, y enseñan costumbres que no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos romanos. Y se agolpó el pueblo contra ellos; y los magistrados, rasgándoles las ropas, ordenaron azotarles con varas. Después de haberles azotado mucho, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con seguridad».Hechos 16:19-23
A los amos no les importó que la muchacha quedara libre; les dolió perder su ganancia. Pero no dijeron eso ante los magistrados. Acusaron a Pablo y a Silas de alborotar la ciudad y de enseñar costumbres ilícitas para los romanos.
Aparentemente su trama funcionó. A Pablo y a Silas les rasgaron las ropas, los azotaron mucho y los echaron presos. Hacer el bien y predicar la verdad les costó heridas y cárcel.
3. Una cárcel sacudida (vv. 24-30)
«El cual, recibido este mandato, los metió en el calabozo de más adentro, y les aseguró los pies en el cepo. Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían. Entonces sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron. Despertando el carcelero, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar, pensando que los presos habían huido. Mas Pablo clamó a gran voz, diciendo: No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí. Él entonces, pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas; y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?».Hechos 16:24-30
Con la espalda herida y los pies en el cepo, Pablo y Silas no se quejan: oran y cantan himnos a Dios. Se gozan de padecer por el nombre de Cristo, como los apóstoles en Hechos 5:41. Los presos los escuchan con atención.
El carcelero, en cambio, es indiferente a todo esto: está dormido. Todo cambia con el terremoto. Los cimientos se sacuden, las puertas se abren y las cadenas de todos se sueltan.
El carcelero despierta, ve las puertas abiertas y saca la espada para matarse. Sabía que el guardia respondía con su vida por los presos que se le escapaban (Hechos 12:19; 27:42).
Pablo lo detiene: «No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí». Aquí hay un segundo milagro. Lo que más desea un preso es su libertad, y con las puertas abiertas y las cadenas sueltas, ninguno huyó.
El carcelero pide luz, entra temblando, se postra y pregunta: «Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?». El hombre que dormía mientras otros oraban ahora está despierto y dispuesto a buscar a Dios.
4. Un hombre salvado (vv. 31-34)
«Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa. Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa. Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con todos los suyos. Y llevándolos a su casa, les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios».Hechos 16:31-34
La primera respuesta fue breve: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa». Muchos piensan que solo eso se le dijo y que con eso ya estaba salvo. Pero el texto no termina ahí. Fijémonos en lo que sigue:
- Oyó la palabra (v. 32). Este hombre no sabía quién era Jesús. No podía creer en alguien de quien no había oído, así que le hablaron la palabra del Señor a él y a toda su casa (Romanos 10:14, 17).
- Mostró su arrepentimiento (v. 33). El mismo que les aseguró los pies en el cepo ahora les lava las heridas. El texto no usa la palabra «arrepentimiento», pero aquí vemos su fruto: un cambio de corazón que se nota en los hechos (Lucas 3:8).
- Se bautizó (v. 33). Lo hizo «en seguida», «en aquella misma hora de la noche», él con todos los suyos. No esperó al amanecer ni a la comida. Si el bautismo no fuera parte de la respuesta, no habría tanta urgencia (Marcos 16:16; Hechos 2:38; 22:16).
- Se regocijó (v. 34). Solo después los llevó a su casa, les puso la mesa y se gozó con toda su familia «de haber creído a Dios». Lucas resume todo lo que hizo esa noche con la palabra «creer»: la fe que salva es la fe que oye y obedece.
Notemos también quiénes formaban esa «casa» que fue bautizada. A todos ellos les hablaron la palabra (v. 32), y todos se regocijaron de haber creído (v. 34). Eran personas capaces de oír y de creer, igual que los «hombres y mujeres» que se bautizaron en Samaria (Hechos 8:12).
Lo mismo vemos en el etíope, que después de oír y bautizarse «siguió gozoso su camino» (Hechos 8:35-39). Siempre hay gozo cuando hacemos lo que Dios manda.
Conclusión
Miremos el cambio en una sola noche. Al comienzo el carcelero dormía, indiferente a las oraciones y a los himnos. Después estuvo a un paso de quitarse la vida. Al final lo encontramos sirviendo a los que había encarcelado, bautizado y lleno de gozo con toda su casa.
La pregunta de él es también la nuestra. Es la misma que hicieron los judíos en Pentecostés: «Varones hermanos, ¿qué haremos?» (Hechos 2:37). Y la respuesta no ha cambiado: oiga la palabra del Señor, crea en Jesucristo, arrepiéntase y bautícese.
El carcelero no lo dejó para otro día. Obedeció «en aquella misma hora de la noche». Si usted todavía no lo ha hecho, hoy puede hacerlo, y conocer el mismo gozo.
Las citas bíblicas son de la versión Reina-Valera 1960.
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