El joven rico

El joven rico – Mateo 19:16-22; Marcos 10:17-22; Lucas 18:18-23

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Mateo 19:16-30; Marcos 10:17-31; Lucas 18:18-30

«Entonces vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna? Él le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. Le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta? Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.» Mateo 19:16-22

Introducción

Este joven lo tenía todo: era joven, era rico y era un hombre principal (Lucas 18:18). Además, tenía una vida moral intachable y le interesaban las cosas de Dios. Vino a Jesús con la pregunta más importante que una persona puede hacer: ¿qué haré para tener la vida eterna? Sin embargo, se fue triste.

El evangelio según Mateo, según Marcos y según Lucas lo cuentan, y cada relato aporta detalles propios. En los tres, esta escena viene justo después de que Jesús bendice a los niños. Los niños llegaron con las manos vacías y fueron recibidos; el joven llegó con mucho y se fue sin nada.

Relato Detalle propio
Según Mateo Era joven (19:20). Preguntó: «¿qué bien haré…?» (19:16). Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto…» (19:21).
Según Marcos Vino corriendo y se arrodilló (10:17). «Jesús, mirándole, le amó» (10:21). Lo que se recibe viene «con persecuciones» (10:30).
Según Lucas Era un hombre principal (18:18), y se puso muy triste «porque era muy rico» (18:23).

I. La pregunta del joven (Mateo 19:16-17)

Según Marcos, el joven vino corriendo y se arrodilló delante de Jesús (Marcos 10:17). No vino a tentarlo, como otros; mostraba un interés sincero.

Jesús le preguntó: «¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios». Jesús no niega ser bueno. Le hace pensar: si me llamas bueno, y solo Dios es bueno, ¿entiendes quién soy yo? Si el joven hubiera entendido que estaba delante de Dios hecho hombre, no habría dudado en dejarlo todo para seguirle.

Luego Jesús respondió su pregunta de manera muy sencilla: «si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Esta respuesta resulta incómoda para quienes enseñan la salvación por la fe sola, y algunos la descartan diciendo que solo valía bajo la ley de Moisés, que todavía estaba en vigor. Pero la respuesta sigue siendo la misma bajo el nuevo pacto:

«Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos.» 1 Juan 5:3

Cristo «vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen» (Hebreos 5:9). ¿Se salva uno por sus obras? ¡Por supuesto que no! Pero la fe es parte de lo que Dios manda, porque «sin fe es imposible agradar a Dios» (Hebreos 11:6), y la fe verdadera no excluye la obediencia: «el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe» (Santiago 2:24; véase también Romanos 1:5).

II. «Una cosa te falta» (Mateo 19:18-22)

El joven preguntó: «¿Cuáles?». Jesús le nombró cinco de los diez mandamientos, y añadió «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19:18). Según Marcos, añadió también «No defraudes» (Marcos 10:19).

El joven respondió con sinceridad: «Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?». Hablando moralmente, era un joven intachable. Pero note que todos los mandamientos que Jesús nombró tienen que ver con el prójimo. No le nombró el primero: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Éxodo 20:3). Ese era el que el joven no guardaba.

Los mandamientos que guardaba El que no guardaba
No matarás, no adulterarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, amarás a tu prójimo «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Éxodo 20:3)
Su relación con los demás estaba en orden Su corazón estaba puesto en sus posesiones

Jesús, que mira el corazón, vio lo que le impedía gozar de la vida eterna: en quién tenía puesta su confianza. Sus riquezas ocupaban el lugar que le corresponde a Dios, y la avaricia «es idolatría» (Colosenses 3:5).

«Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz.» Marcos 10:21

Note que Jesús le amó. Le pidió algo difícil precisamente porque lo amaba y quería salvarlo. Le ofreció un tesoro en el cielo a cambio de uno en la tierra, y la compañía del Hijo de Dios.

Jesús no dice que todos deban vender todo lo que tienen para ser sus discípulos. Le señala a este joven lo que a él le impedía seguirle. En otros, el obstáculo puede ser la familia, la comodidad o la opinión de los demás.

El joven que vino corriendo y arrodillado «se fue triste, porque tenía muchas posesiones» (Mateo 19:22). Según Lucas, «se puso muy triste, porque era muy rico» (Lucas 18:23). Tuvo la vida eterna delante de él, y prefirió sus bienes.

Para reflexionar: ¿Hay algo que amemos más que a Cristo, algo a lo que no estaríamos dispuestos a renunciar ni siquiera por el cielo? «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí… El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará» (Mateo 10:37-39).

III. El camello y la aguja (Mateo 19:23-26)

«Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.» Mateo 19:23-24

Al ver que el joven se iba, Jesús enseñó a sus discípulos lo difícil que es para un rico entrar en el reino. El camello era el animal más grande que conocían, y el ojo de una aguja, la abertura más pequeña. Jesús habló de algo imposible. Se ha dicho que había en Jerusalén una puerta pequeña llamada «ojo de aguja», pero esa idea no tiene apoyo histórico. Los discípulos entendieron muy bien que Jesús hablaba de algo imposible, y por eso preguntaron: «¿Quién, pues, podrá ser salvo?».

No es la riqueza lo que impide entrar al reino. En el pasado hubo muchos ricos que fueron siervos de Dios, como Abraham, Jacob, José y Job. El problema es confiar en las riquezas y amarlas. Según Marcos, Jesús lo explicó así: «Hijos, ¡cuán difícil les es entrar en el reino de Dios, a los que confían en las riquezas!» (Marcos 10:24).

Pablo lo confirma: «raíz de todos los males es el amor al dinero» (1 Timoteo 6:10). Y el salmista aconseja: «Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas» (Salmo 62:10; véase también Salmo 52:7).

Los discípulos «se asombraron en gran manera». Estaban acostumbrados a pensar que las riquezas eran señal del favor de Dios. Si los ricos, con todas sus ventajas, no podían salvarse, ¿quién podría?

«Y mirándolos Jesús, les dijo: Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible.» Mateo 19:26

Por sus propias fuerzas nadie puede salvarse, ni rico ni pobre (1 Pedro 4:18). Pero para Dios no hay nada difícil (Jeremías 32:17), y «la salvación es de Jehová» (Salmo 3:8). Según Lucas, poco después aparece Zaqueo, un hombre rico que dijo: «la mitad de mis bienes doy a los pobres», y Jesús le dijo: «Hoy ha venido la salvación a esta casa» (Lucas 19:8-9). ¡Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios!

IV. «Nosotros lo hemos dejado todo» (Mateo 19:27-29)

Pedro le dijo: «He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?». Los apóstoles tenían poco que dejar, pero habían hecho lo que el joven no quiso hacer. Jesús les respondió con dos promesas.

1. A los apóstoles: doce tronos (v. 28)

«De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.» Mateo 19:28

La palabra regeneración significa «nuevo nacimiento» o «renovación». Es la misma palabra que Pablo usa en Tito 3:5 para el «lavamiento de la regeneración». La regeneración es la era en que los hombres nacen de nuevo para entrar en el reino (Juan 3:5), y comenzó el día de Pentecostés, cuando se añadieron como tres mil personas (Hechos 2:41).

Jesús dice que es el tiempo en que él se sienta en el trono de su gloria. Eso se refiere a la era cristiana actual. Cristo ya está sentado en su trono (Hechos 2:30-36), y ya tiene «toda potestad… en el cielo y en la tierra» (Mateo 28:18). Él reina ahora, y su reino durará «hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies». Cuando venga, entregará el reino al Padre (1 Corintios 15:24-25).

Alguien podría citar Mateo 25:31, donde Jesús se sienta en su trono de gloria cuando viene a juzgar. Pero Cristo no espera su segunda venida para reinar: ya reina, y en su venida ejercerá el juicio final. Lucas confirma que los tronos de los apóstoles corresponden al tiempo presente, porque los une con la cena del Señor:

«Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel.» Lucas 22:29-30

Hoy comemos y bebemos a la mesa del Señor en su reino, que es la iglesia. Y los apóstoles juzgan al Israel de Dios, que es la iglesia (Gálatas 6:16), por medio de su palabra. Su deber era establecer las leyes del nuevo pacto: «lo que os escribo son mandamientos del Señor» (1 Corintios 14:37). Cada vez que la iglesia sigue la doctrina de los apóstoles (Hechos 2:42), ellos están ejerciendo esa autoridad.

Los cristianos también reinan con Cristo: él «nos hizo reyes y sacerdotes para Dios» (Apocalipsis 1:6), y Pedro nos llama «real sacerdocio» (1 Pedro 2:9). Pero no tenemos derecho a inventar nuestras propias leyes; solo a obedecer y enseñar las de Dios. Cuando los mandamientos de los hombres contradicen los de Dios, «es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5:29).

2. A todos los que dejan algo: cien veces más (v. 29)

«De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna.» Marcos 10:29-30

Esta promesa no es solo para los apóstoles, sino para cualquiera que deje algo por Cristo. Y tiene dos partes:

  • «Ahora en este tiempo»: hay quienes pierden a su familia al obedecer al evangelio. Pero ganan muchas más madres, padres y hermanos en la iglesia. Es cierto que estas ganancias vienen acompañadas «con persecuciones».
  • «En el siglo venidero»: la vida eterna, mucho más valiosa que cualquier cosa de este mundo (Filipenses 3:8).

Los cristianos hebreos lo entendieron así: sufrieron con gozo que les quitaran sus bienes, «sabiendo que tenéis en vosotros una mejor y perdurable herencia en los cielos» (Hebreos 10:34). El joven rico no quiso dejar sus bienes; los apóstoles lo dejaron todo y ganaron mucho más.

V. Los primeros serán postreros (Mateo 19:30)

Jesús terminó diciendo: «Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros». En el reino de Cristo los papeles se invierten. Los que parecían primeros, como aquel joven rico, principal y bien visto por todos, resultan ser los últimos. Los que parecían últimos, como unos pescadores de Galilea y los niños que nadie quería dejar pasar, resultan ser los primeros.

Inmediatamente después, Jesús contó la parábola de los obreros de la viña, que termina con la misma enseñanza: «Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros» (Mateo 20:1-16).

Conclusión

El joven rico hizo la pregunta correcta a la persona correcta, y recibió la respuesta correcta. Pero no estuvo dispuesto a obedecer. Guardaba los mandamientos que tenían que ver con su prójimo, pero su corazón no era de Dios. Vino corriendo y se fue triste.

Jesús todavía mira a cada uno con amor y le dice: «Una cosa te falta». Para algunos es el dinero; para otros, la familia, la comodidad o el orgullo. ¿Qué es lo que a usted le impide seguir a Cristo? Si todavía no ha obedecido al evangelio, no se vaya triste como aquel joven: crea, arrepiéntase y bautícese para el perdón de sus pecados (Marcos 16:16; Hechos 2:38). Lo que deje por Cristo, él se lo devolverá cien veces más, y le dará la vida eterna.

Preguntas para reflexionar:
  • ¿Busco la vida eterna con el mismo interés con que aquel joven vino corriendo a Jesús?
  • ¿Guardo los mandamientos de Dios, o solo los que me resultan fáciles?
  • ¿En quién tengo puesta mi confianza: en Dios o en lo que tengo?
  • ¿Qué «una cosa» podría estar faltándome a mí?
  • ¿Valoro a mis hermanos en Cristo como la familia que el Señor me prometió?

Texto bíblico: Reina-Valera 1960.


Escuche el mensaje en audio

Si desea escucharlo, este es el mensaje n.º 138 de la serie «La vida, enseñanza y milagros de Jesús en armonía», en dos partes.

Primera parte (12 minutos)
Segunda parte (19 minutos)

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