Una salvación tan grande

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«Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad».Hebreos 2:1-4

El día que obedecimos el evangelio fue la decisión más importante de nuestra vida. Ningún título, ningún negocio ni ninguna otra decisión se le compara. Pero conviene detenernos a pensar qué fue exactamente lo que recibimos ese día.

La Biblia describe la salvación con imágenes que se complementan unas a otras. El que estaba perdido fue hallado (Lucas 15:24). El culpable fue perdonado (Hechos 2:38). El esclavo fue rescatado «no con cosas corruptibles, como oro o plata» (1 Pedro 1:18). El que estaba vendido al pecado (Romanos 7:14) fue redimido por la sangre de Cristo (Efesios 1:7). El caído fue justificado (Romanos 5:1). Y el que estaba condenado escucha ahora estas palabras: «Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1).

El primer capítulo de Hebreos muestra que Jesús es superior a los ángeles: Él es el Hijo, el heredero de todo, el resplandor de la gloria de Dios (Hebreos 1:2-4). Por eso el capítulo 2 comienza con un «Por tanto». Si el mensaje vino por medio de alguien tan grande, nuestra responsabilidad también es grande. Ya fuimos salvados; lo que nos toca ahora es permanecer fieles y no descuidar lo que recibimos.

1. El peligro: deslizarnos

El escritor usa dos palabras tomadas del lenguaje de los marineros. «Atendamos» traduce un verbo griego (prosechō) que se usaba para amarrar un barco al muelle. «Deslicemos» (pararreō) describe una embarcación que la corriente arrastra lejos, poco a poco, sin que nadie lo note.

Imagine una lancha que alguien dejó en la orilla sin amarrar bien. No hubo tormenta ni viento fuerte. Durante la noche, la corriente simplemente hizo su trabajo, y al amanecer la lancha está lejos. Así se pierde mucha gente. No negaron a Cristo de un día para otro: se dejaron llevar.

¿Cómo comienza ese deslizamiento? Casi siempre por descuidar las cosas sencillas:

  • La lectura de la Palabra. Jesús dijo: «Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos» (Juan 8:31-32). Los hebreos se habían hecho «tardos para oír» y, cuando ya debían ser maestros, necesitaban otra vez leche (Hebreos 5:11-14).
  • La oración diaria. Se nos manda orar «en todo tiempo» (Efesios 6:18). El mismo Señor, en los días de su carne, ofreció «ruegos y súplicas con gran clamor» (Hebreos 5:7). Si Él oraba así, ¿cuánto más lo necesitamos nosotros?
  • Las reuniones de la iglesia. «No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca» (Hebreos 10:25).

El final de ese camino es un corazón endurecido: «Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día […] para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado» (Hebreos 3:12-13). El pecado engaña precisamente porque avanza despacio.

2. La advertencia: ¿cómo escaparemos?

El argumento va de lo menor a lo mayor. La Ley de Moisés fue dada «por disposición de ángeles» (Hechos 7:53; Gálatas 3:19), y aun así «toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución» (v. 2). Pero el evangelio no vino por medio de ángeles, sino por el Hijo. Por eso la responsabilidad es mayor: «El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios…?» (Hebreos 10:28-29).

Fijémonos en el verbo que usa el texto. No dice «si rechazamos», sino «si descuidamos». Descuidar no es rebelarse abiertamente; es ser indiferente. La palabra griega (ameleō) es la misma que Jesús usó en la parábola de la fiesta de bodas: los invitados, «sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, y otro a sus negocios» (Mateo 22:5). No insultaron al rey ni quemaron la invitación. Simplemente tenían otras cosas que hacer.

Una casa no se pierde solamente por un incendio. También se pierde porque nadie repara una gotera en el techo. Al principio es una mancha en el cielo raso; después es la madera podrida; al final, el techo se viene abajo. Nadie quiso destruir la casa, pero nadie la cuidó.

Quien descuida esta salvación todavía no ha entendido lo serio que es el pecado ni lo que costó quitarlo. Fuimos rescatados «no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación» (1 Pedro 1:18-19). Nadie descuida lo que sabe que es caro.

3. La grandeza: una salvación tan grande

Los versículos 3 y 4 explican por qué esta salvación es tan grande:

  • Fue anunciada primeramente por el Señor. Dios habló muchas veces por los profetas, pero «en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (Hebreos 1:1-2).
  • Fue confirmada por los que oyeron. Los apóstoles anunciaron lo que habían oído, visto y palpado (1 Juan 1:1-3).
  • Fue respaldada por Dios mismo «con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo» (Hebreos 2:4; Hechos 2:22; Marcos 16:20).

El Antiguo Testamento registra otras salvaciones extraordinarias. Noé y su casa fueron librados del diluvio (Hebreos 11:7). Lot fue sacado de Sodoma antes del fuego (Génesis 19:17). Israel cruzó el Mar Rojo en seco mientras Moisés decía: «Estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros» (Éxodo 14:13; Hebreos 11:29). Pero todas ellas fueron temporales: libraban del agua, del fuego o de la esclavitud. La salvación que tenemos en Cristo nos libra del pecado y es para siempre.

Una de esas historias contiene también una advertencia. La esposa de Lot salió de Sodoma, pero miró atrás y se quedó en el camino (Génesis 19:26). Jesús resumió la lección en cuatro palabras: «Acordaos de la mujer de Lot» (Lucas 17:32). Ella fue librada, pero no llegó.

4. La respuesta: cuidemos nuestra salvación

Si el peligro es deslizarnos, la respuesta es amarrarnos. El mismo libro de Hebreos nos dice cómo:

  • Con diligencia en lo que hemos oído (Hebreos 2:1). «En lo que requiere diligencia, no perezosos» (Romanos 12:11); «procura con diligencia presentarte a Dios aprobado» (2 Timoteo 2:15).
  • Con la misma solicitud del principio. «Deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin […] a fin de que no os hagáis perezosos» (Hebreos 6:11-12).
  • Manteniendo nuestra confianza. «No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón […] Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma» (Hebreos 10:35-39).
  • Despojándonos de todo peso y del pecado «que nos asedia» (Hebreos 12:1).
  • Poniendo la mirada en Jesús, «el autor y consumador de la fe» (Hebreos 12:2).

Un maratón no lo gana quien arranca más rápido, sino quien no se detiene. Muchos comenzaron con entusiasmo y se quedaron a mitad del camino. Lo que Dios espera de nosotros es que terminemos la carrera.

Conclusión: tres cosas «grandes» en Hebreos

La carta a los Hebreos usa la palabra «grande» en tres lugares que resumen bien este estudio:

  • Una salvación tan grande: el motivo (Hebreos 2:3).
  • Un grande galardón: la recompensa (Hebreos 10:35).
  • Una tan grande nube de testigos: el ejemplo (Hebreos 12:1).

La corriente no se detiene, ni hoy ni mañana. La pregunta es si estamos amarrados a Cristo.

Si usted todavía no ha obedecido el evangelio, la invitación sigue abierta: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados» (Hechos 2:38). Y si usted es cristiano y se ha dado cuenta de que la corriente lo ha ido alejando, no espere a estar más lejos. Hoy es el día para volver.


Las citas bíblicas son de la versión Reina-Valera 1960.

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